Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #031506.

¿Tienes un corazón limpio?

Por fin lo encontró. Fue al atardecer de un viernes, cuando terminaban de jugar un partido de futbolito en la cancha del barrio. Iba bajando por el sendero estrecho de la ladera, el mismo que bordeaba las casitas de adobe y ladrillo a la vista que a duras penas se sostenían, como testimonio de que la miseria también sobrevive a la adversidad.

--Sabes que mi mayor anhelo es terminar, aquí, ahora, todo lo que inició hace años—le dijo.

El joven lo miró. Sonrió.

--No estamos en tiempo de venganzas—, le respondió, exento de todo espíritu de rencor.

--¿Y nuestro asunto pendiente?—inquirió de nuevo.

--No se a qué te refieres…--intervino, de nuevo con calma absoluta.

--La muerte de tu hermano… pensé que querías tomar sangre por sangre… y si lo maté, fue por que él me atacó primero…--se disculpó.

--Ya te dije… no hay de qué hablar en ese asunto… ya te perdoné… es todo. Si me perdonas, te dejo. Voy camino a casa. Me esperan Lorena y mi hijita--. Le estrechó la mano y emprendió el descenso.

Meses antes, el asunto hubiese sido distinto. Con sangre hubieran zanjado la diferencia. Pero ahora, limpio su corazón, no albergaba rencor alguno. El Señor Jesucristo había hecho la obra. Estaba totalmente sano.

¿Cómo anda su corazón?

Aunque no prestemos atención, reviste mucha importancia el asunto de saber de qué estamos alimentando nuestro corazón. De acuerdo con la Biblia, puede ser fuente de bendición, de acciones positivas y enriquecedoras para nosotros y para los demás, o por el contrario, la cuna de maldición, de tristeza y amargura.

El rey Salomón puso de relieve este aspecto al instruir: "Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida" (Proverbios 4:23. Nueva Versión Internacional).

Millares de personas viven con un corazón enfermo. No, no me refiero a problemas cardiovasculares sino del alma. Con un mal que no curan ni alivian los medicamentos. A lo largo de su vida y en diversas circunstancias permitieron que el resentimiento tomara fuerza y se afincara como un árbol frondoso con una raíz profunda.

¿Qué hacer frente a esta realidad? En primera instancia reconocer la importancia de hacer una evaluación permanente de nuestro ser interior. En este proceso debemos identificar cómo anda nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo.

1.- Nuestro corazón es para Dios

Todos los seres fuimos creados con la capacidad de amar; pero también, con una inclinación malsana, fruto del pecado, a odiar o sentir resentimiento. Sin embargo, no es eso lo que espera el Señor de nosotros. Por el contrario, nos creó para que le glorifiquemos en nuestros pensamientos y acciones.

El Señor Jesucristo reafirmo este principio cuando enseñó a sus discípulos: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Marcos 12:30. Nueva Versión Internacional).

¿Cómo podríamos mantener una relación apropiada con nuestro corazón si albergamos odio y resentimiento? ¿Cómo podremos alabarle si con los labios expresamos maldición? ¿Cómo materializaremos en nosotros Sus promesas si confesamos derrota a cada instante?

Allí donde se encuentra, ahora mismo, revise su corazón. ¿Está totalmente limpio para Dios? Si no es así, piadle que obre poderosamente esa transformación que sólo Él puede hacer en cada uno de nosotros. No es la psicología ni la autosugestión. Es el poder de Dios operando a través del Espíritu Santo.

2.- El corazón puede contaminarse

Todo lo que nos acontece cada día, nos marca. Positiva o negativamente, deja una huella. Ahora, cada quien y dependiendo de lo que haya sembrado en su ser, determina si abre las puertas o no a la contaminación, tal como advirtió el Señor Jesucristo: "Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias" (Mateo 15:16-20. Nueva Versión Internacional).

Es probable que el ejercicio práctico de hoy le haya permitido identificar una serie de elementos contaminantes que a nivel personal y espiritual no le permiten su crecimiento. Recuerde que es tiempo de aplicar cambios. No en sus fuerzas sino con la ayuda de Hache que todo lo puede.

3.- El corazón guarda para edificación o destrucción.

En el corazón crecemos, nos estancamos o emprendemos un revés tanto personal como espiritual. La comprobación bíblica la expresó claramente el Señor Jesús cuando dijo: "Pues d0nde tengan ustedes su tesoro, allí estará también su corazón" (Lucas 12:34. Nueva Versión Internacional).

Si la codicia, la ambición, el deseo malsano o quizás, el afán de reconocimiento—entre otras muchas emociones y sentimientos, encuentran eco en nuestro corazón, se verán reflejadas en edificación o destrucción. Es algo inevitable, de ahí que desde la antigüedad se recomendará guardar el corazón.

4.- Nuestro corazón anida la fe o la incredulidad

Pero hay un cuarto elemento que no debemos desconocer. En el corazón es donde albergamos la fe o la incredulidad. El apóstol Pablo lo describió de la siguiente manera: "Esta palabra de fe predicamos: que si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo" (Romanos 10:8b, 9. Nueva Versión Internacional).

¿Cuándo empezamos a creer? Cuando se produce una transformación en lo más íntimo de nuestro ser. La dureza que nos impide reconocer la grandeza del Ser superior, Aquél que nos creó y nos rige, levanta un enorme muro. Pero cuando se derrumba, fruto de abrirnos al mover de Dios, podemos creer. Es una palabra pequeña que encierra un enorme significado.

Hoy es el día de limpiar su corazón y someterlo a Dios. Es la experiencia más maravillosa que pueda vivenciar. No es algo superficial sino trascendente. Traerá transformación a todo su ser.

¿Cómo empezar?

El primer paso para que se produzca la limpieza de nuestro corazón y que podamos iniciar el crecimiento personal y espiritual, inicia con recibir a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador.

Basta hacer una oración sencilla. Dígale: "Señor Jesucristo. Reconozco que en la cruz moriste por mis pecados, perdonaste todas mis trasgresiones y al resucitar, me abrirte las puertas a una nueva vida. Te recibo hoy en mi corazón. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"

¡Lo felicito! Ha tomado la mejor decisión de su vida. Ahora tengo tres sugerencias para usted. La primera, que ore cada día a Dios. Orar es hablar con Dios. La segunda, que aprenda en Su Palabra, la Biblia, principios que le llevarán a alcanzar la victoria en su cotidianidad. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.

Puedo asegurarle finalmente que hoy es el comienzo de una nueva vida.

© Fernando Alexis Jiménez

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