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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
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Aprendiendo a vivir #043006.
¿Moriremos para siempre?
Ocurrió hace poco más de siete años cuando, junto con dos pastores pentecostales, compartía la realización de un programa de radio en Santiago de Cali. Era al mediodía y dado que abordábamos temas álgidos, pronto ganamos una sintonía significativa. Y en el itinerario de los aspectos que escudriñábamos, invitamos en cierta ocasión a varios especialistas para hablar sobre la creación de Dios frente a las teorías de la evolución.
--Definitivamente la ciencia no ofrece márgenes a duda, Fernando—dijo categóricamente un biólogo--. Así como evolucionamos a partir de moléculas hasta llegar a lo que hoy conocemos como hombre pensante, es indudable que cumpliremos nuestro ciclo y no hay más existencia--.
--¿Considera usted que morimos para siempre cuando nuestro corazón deja de palpitar?—le interrogué.
--Por supuesto; no me cabe la menor duda…--respondió con tanta convicción que por unos segundos ninguno de los presentes en el panel nos atrevimos a decir nada.
A sus aseveraciones siguieron una cascada de llamadas telefónicas, tanto de creyentes como de quienes se reconocían ateos. Ese día, más que en los largos años en las aulas del Seminario Teológico, comprendí la enorme trascendencia que tiene para el hombre de hoy el tema de la muerte para siempre y las eventuales expectativas de la vida eterna.
Hace pocos días, camino de la oficina, escuché en la radio una cantautora española –muy reconocida hoy día entre los jóvenes—al interpretar en una canción frases como: "Abrazaría al diablo si te viera…" y poco más adelante: "No le temo al fuego eterno...".
Y me asaltó la sensación de que, como en un juego de ruleta en donde los apostadores quieren ganar todo a costa de perder lo poco que tienen, millares de hombres y mujeres desean vivir al máximo el presente, sin medir las consecuencias.
¿Moriremos para siempre?
Si nuestra convicción es que, apenas cese nuestro ciclo vital terminó todo, realmente no tendría sentido cada segundo, minuto, hora o segundo aquí en la tierra. ¿Para qué nacer, crecer, reproducirnos y llegar a la vejez? Pasar por la vida sin pena ni gloria, como un simple accidente del cosmos... ¡No, definitivamente no concibo esa idea!
Piense por un instante si tiene sentido el que el período vital sea tan corto y concluya con hombres y mujeres enfermos, que terminan convirtiéndose en carga para sus familias.
El apóstol Juan, uno de los más cercanos seguidores del Señor Jesús y quien se caracterizó por decir las cosas tal como eran, sin adornos, escribió: "Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas." (Juan 3:17-19).
¿Por qué se habría de decir que el ser humano puede ser condenado? ¿En dónde, aquí y ahora? Sin duda que no. Condenados en la eternidad.
Surge entonces otro interrogante,
¿Qué ocurre cuando morimos?
El concepto de la muerte no es moderno ni propiedad de los filósofos orientales, egipcios, griegos o romanos. Se remonta a la creación misma. La Biblia relata que "Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo cuidara. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo:<De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás>" (Génesis 2:15-17).
Morir significaba la cesación del aliento de vida, que justamente provenía de Dios (Génesis 2:7).
Pero Satanás, que ha puesto tropiezo a la obra divina desde tiempos inmemoriales, salió al paso con la más grande mentira en toda la historia de la humanidad. Abordó a Eva para tentarle sobre el fruto del árbol sobre el que Dios había y le dijo: "—No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal" (Génesis 3:2-4).
Negó que en efecto las criaturas murieran, pero más aún, que enfrentaran las consecuencias de sus acciones. No obstante la muerte es real. Las Escrituras son claras al advertir que el hombre la enfrentará tarde o temprano. El único que no muere ni morirá jamás es Dios, que es inmortal como lo declara la Palabra al referirse a Él que es "… el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver." (1 Timoteo 6:16 a).
Hay varios enfoques teológicos respecto a qué ocurre con el alma, es decir el elemento pensante, el que motiva y donde se encierran pensamientos y emociones. La respuesta la hallamos en la propia Biblia. El rey Salomón escribió: "Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más recompensa. Su memoria cae en el olvido. Todo lo que te venga a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas, porque en el seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia ni sabiduría" (Eclesiastés 9:5, 10).
¿Le da la razón este pasaje bíblico a quienes consideran que tras el ciclo terrenal terminó todo? Por supuesto que no.
Entendemos que el alma, es decir la mente, la parte consciente del hombre, entra en un estado de quietud, tal como dormir, son conciencia como lo indica el salmista: "No alabarán los muertos a Jah, ni cuantos descienden al silencio..." (Salmo 115:17).
Un poco más adelante, el autor sagrado escribe: "No confíes en los príncipes ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación, pues sale su aliento y vuelve a la tierra; en ese mismo día perecen sus pensamientos" (Salmo 146:3, 4).
En el episodio que relata la muerte y resurrección de Lázaro, esta convicción tiene asidero. Como recordará, uno de los amigos cercanos de Jesús había muerto. Al referirse al incidente, Jesús dijo: "--Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo--. Dijeron entonces sus discípulos:--Señor, si duerme, sanará--. Jesús decía esto de la muerte de Lázaro, pero ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño" (Juan 11:11-13).
Las hermanas de Lázaro, Marta y María mandaron llamar a Jesús para que le sanara. Como no llegó oportunamente, le hicieron el reclamo. "Marta dijo a Jesús:--Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará--. Jesús le dijo:--Tú germano resucitará--. Marta le dijo. Yo se que resucitará en la resurrección, en el día final--. Le dijo Jesús:--Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquél que vive y cree en mí, no morirá eternamente...--" (Juan 11:21-26).
Observe dos aspectos sumamente interesantes: la muerte como un estado de dormitar, sin conciencia hasta el día final, fue planteada por Jesús a los discípulos en el caso de Lázaro (Juan 11:11-13) y, segundo, María y Marta tenían claro que él saldría de ese estado en la resurrección (Juan 11:21-26).
¿La muerte será eterna?
A la pregunta que sin duda usted se estará formulando en torno a si moriremos eternamente, surge una respuesta con base en varios versículos bíblicos. Uno de los más profundos se encuentra en el Antiguo Testamento: "Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua." (Daniel 12:2).
Sobre esta primera base, entendemos que habrá resurrección. Unos serán salvos y estarán por siempre en la presencia de Dios. Otros, condenados por siempre, alejados de la presencia del Señor. ¿Cuándo será esto? El Señor Jesús lo explicó con claridad: "Y la voluntad del Padre, que me envió, es que no pierda yo nada de lo que él me da, sino que lo resucite en el día final" (Juan 6:39).
¿Lo captó? Habrá un día final. Un momento en el que se producirá el despertamiento de los que están muertos. El amado Maestro advirtió: "No os asombréis de esto, porque llegará la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; pero los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación" (Juan 5:28, 29).
Usted, quienquiera que sea, sin importar su situación económica, posición social, conocimientos académicos o convicciones religiosas, deberá enfrentar la "resurrección para vida o para condenación".
¿Cómo ser salvos de la condenación?
Ser salvo de la condenación eterna es posible. El apóstol Juan explica que "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). ¡Si es posible salvarnos de la muerte eterna!
El apóstol Pablo compartía la idea de que quienes morían, entraban en un período de "dormir" pero explicó que se produciría un despertar con la segunda venida de Jesucristo: "Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor; que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. El Señor mismo, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Entonces los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos por siempre con el Señor" (1 Tesalonicenses 4:15-18).
Usted puede leer más sobre este tema en otros dos pasajes sorprendentes que se encuentran en la primera carta a los Corintios, capítulo 15, versículos del 20 al 23 y del 51 al 53.
¿Desea escapar de la muerte eterna?
No dudo que usted quiera escapar de la muerte eterna. Que quiera tener esa vida más allá de esta vida, en Cristo. Si es así, le invito para que me acompañe en esta sencilla oración. Dígale: "Señor Jesucristo, gracias por morir en la cruz por mis pecados, perdonarme, darme una nueva oportunidad y asegurarme la vida eterna. Te recibo en el corazón. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén"
Si hizo esta oración, lo felicito. Si no, estoy seguro que el Señor Jesús tocará su existencia y temprano o tarde realizará esta oración.
Ahora tengo tres invitaciones. La primera, que aprenda en la Biblia—mediante la lectura diaria—principio que le llevarán a un crecimiento personal y espiritual sin precedentes. La segunda, que haga de orar un hábito diario. Orar es hablar con Dios. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana. ¡Los resultados le sorprenderán!
© Fernando Alexis Jiménez
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