Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #101506.

Asegurando la eternidad

Era temido en el barrio. Es más, su apariencia hosca, inspiraba temor. Todos sabían que era sicario pero nadie se atrevía a denunciarlo. Salía bien de mañana y regresaba, en su potente moto, hacia las diez de la noche. Andaba de correrías, pensaban todos.

Aunque nadie podía descubrir qué pensaba ni tampoco lo que encerraba su mirada fría, sabían que no sería nada bueno. Fruto de su mal obrar había perdido toda sensibilidad. Podría asegurarse, sin temor a equívocos, que sentía placer viendo morir a las personas.

Aquello era una verdadera ironía porque su madre era una mujer de Dios. Cristiana. Llevaba doce años en el camino del evangelio y todavía seguía clamando por la conversión de su hijo. La dificultad estribaba en la dureza de corazón del muchacho.

Pero el final de su carrera delictiva llegó un viernes, a eso de las cuatro de la tarde. Al barrio llegaron las autoridades para capturarlo. Primero tocaron a la puerta de su casa y ante la imposibilidad de encontrarlo, se dirigieron a la esquina en la que se reunía con otros chicos iguales. Para no dejarse capturar, abrió fuego contra la policía y ellos respondieron al ataque. El sicario murió aquél día.

¿A quién temer?

Es cierto que los delincuentes despiertan temor por sus actuaciones. No obstante el Señor Jesús hizo una acertada advertencia: "Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed." (Lucas 12:4 ,5).

Humanamente hay quienes cegan la vida de su prójimo. No obstante, y como lo anotaba el Maestro, no es a ellos a quienes se debe temer, sino a Dios que es quien define nuestra eternidad.

Una forma de andar en el temor de Dios, es aceptando a Jesucristo como el único y suficiente Salvador de nuestras vidas. Cuando lo hacemos, Él viene a morar a nuestro corazón, y de paso—algo bien importante—nos asegura la vida eterna.

¿Ya lo recibió en su corazón?

Quizá todavía no lo ha recibido en su corazón. Hoy es el día para que lo haga. Basta que te diga: "Señor Jesucristo, te recibo en mi corazón. Gracias por perdonar todos mis pecados. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén".

Si tomó esa decisión, lo felicitamos. Ahora tengo tres sugerencias. La primera, que haga de la oración un hábito diario. Le ayudará a mantener una intima comunicación con Dios. La segunda, que lea las Escrituras. Aprenderá principios que le ayudarán en el proceso de crecimiento personal y espiritual. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.

© Fernando Alexis Jiménez

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