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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
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Aprendiendo a vivir #110106.
¿Cumples los mandatos de Dios?
Era una factoría grande. Llena de empleados, tanto obreros como oficinistas. Ocupados siempre. Ir y venir. Una confusión de personas, todas comprometidas en atender sus tareas.
El gerente iba de viaje. Llamó a todos. Una reunión bastante concurrida. No en la sala de juntas, porque no cabían, sino en un pabellón. Recorrió con la mirada el lugar. Vio la expectación que les asistía. Compartía la diligencia que les asistía por sacar adelante la empresa.
Les habló. Fue parco pero preciso. Les dijo que confiaba que siguieran con el mismo interés durante su ausencia. También, y de manera meticulosa, les dejó asignaciones a cada uno. "Regresaré y espero que hayan cumplido su misión", les dijo.
Llegado el tiempo, no apareció. Era el dueño. Estaba en todo su derecho de regresar cuando quisiera. Y lo hizo un domingo en la tarde. Nadie lo esperaba. Fue una verdadera sorpresa.
Tal como lo había anunciado, comenzó a reclamar la tarea de parte de cada uno. Unos estaban preparados, otros no. Fue una verdadera confusión.
El tiempo indicado
Dios dejó plasmados sus mandatos en la Biblia. No obstante hay quienes quieren cumplir la Palabra de Dios a su manera. No es eso lo que espera Dios.
El Señor Jesús lo dejó bien claro cuando dijo: "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido." (Lucas 12:17, 18).
Es probable que usted sea una de esas personas que desean vivir la vida cristiana a su manera. Sin embargo al leer el anterior texto descubre que existen claros preceptos que se deben cumplir.
Estar en Dios, en Su plan perfecto, es fácil. Basta que nos movamos en las pautas que Él ha trazado para la humanidad.
Ahora bien, es probable que la situación vaya más allá. Y es que usted no ha recibido a Jesucristo como su único y suficiente Salvador. Hoy es el día para que lo haga. Es bastante fácil. Dígale:
"Señor Jesucristo, reconozco que he pecado. Gracias por perdonar todas mis faltas gracias a tu obra sacrificial en la cruz. Entra a mi corazón y haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"
Si acaba de hacer esta oración, lo felicitamos. Es la mejor decisión que puede haber tomado en su existencia.
Tengo ahora tres recomendaciones para hacerle. La primera, que haga de la oración un hábito diario. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia cada día. Allí descubrirá principios dinámicos que le ayudarán en su crecimiento personal y espiritual. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia. Recibirá edificación al compartir con otros creyentes.
© Fernando Alexis Jiménez
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