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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
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Aprendiendo a vivir #120106
Admirable, Consejero, Dios fuerte
--No entiendo por qué ustedes los cristianos pierden tanto tiempo en la celebración de Navidad—me dijo Clemente, un profesor de la Universidad del Valle quien reside diagonal a la iglesia y quien profesa ser ateo.
--Para nosotros es un tiempo especial porque conmemoramos el nacimiento de Jesús, el Señor---Sí, pero ¡tanto derroche de esfuerzos!—intervino de nuevo.
--Para nosotros es un tiempo de sumo gozo ya que recordamos que Dios se hizo hombre y se encarnó en un niño precioso en Belén—le expliqué de nuevo.
La conversación no prosperó. En algo en lo que sí coincidimos, es en que el nacimiento del Hijo de Dios se produjo una noche entre finales de octubre y comienzos de noviembre, según se deduce de los relatos que encontramos en los Evangelios.
Dios con nosotros
Muchos siglos atrás, un profeta que mantuvo una estrecha relación con Dios, anunció a Israel: "Porque niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz" (Isaías 9:6).
Estaba mirando en el tiempo el portento que ocurriría con el nacimiento del niño Jesús. Como si atisbara a través de una ventana.
Las características que describió de Él fueron "Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz". No era un niño cualquiera. Era la presencia misma de Dios entre nosotros.
Ahora, me preguntará, "¿Qué significado tiene todo esto para mí?" Pues mucho. Jesucristo vino a morir por nuestros pecados. Esa fue la misión que le encomendó el Padre. Y su sacrificio en la cruz permitió que todas sus transgresiones y las mías fueran limpiadas. Ahora somos justos delante de Dios. Podemos entrar en Su divina presencia sin ningún impedimento.
¿Ha meditado al respecto? Seguramente que no, pero hoy es el día indicado para que lo haga.
Hay un paso que usted debe dar, y es recibirlo en su corazón. Es muy fácil. Puede hacerlo incluso en este momento. Dígale en oración: "Señor Jesucristo, reconozco que he pecado. Gracias por morir en la cruz por mis transgresiones, y hacerme totalmente limpio delante de Dios. Te recibo en mi corazón. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén".
Si recibió a Jesús como su Señor y Salvador, lo felicitamos. Ahora tenemos tres recomendaciones. La primera, que haga de la oración un hábito diario. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia. Allí encontrará principios dinámicos que le ayudarán a crecer a nivel personal y espiritual. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana. Será de mucha utilidad.
© Fernando Alexis Jiménez
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