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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
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"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
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Aprendiendo a vivir #010107
Cristianos que llevan fruto. ¿Cómo?
Juan Manuel se repetía una y otra vez que como cristiano era un fracaso. Y no era para menos. Todavía conservaba en su forma de hablar, expresiones groseras y molestas; libraba una constante lucha contra su temperamento; le invadían múltiples temores; oraba muy poco y, además, creía que la victoria en la vida cristiana era para todos menos para él.
Cierta mañana se levantó con el propósito de cambiar. Midió sus palabras y acciones, desde las seis hasta las nueve y quince minutos de la mañana. Estaba ya en su trabajo. En ese momento alguien le tropezó y se desgranó en gestos de desagrado mientras que, en su pensamiento, lanzaba improperios por lo que consideraba, era torpeza de su compañero de labores.
Sus constantes yerros le hacían sentir tan mal que no sentía ganas siquiera de orar. "Para qué ir a Dios en oración si soy un fracasado", se decía a sí mismo.
Sus batallas internas continuaron hasta que leyó un texto del evangelio: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí y yo en él, este lleva mucho fruto, porque separados de mi nada podéis hacer" (Juan 15:5).
Fue entonces que comprendió que estaba peleando en sus fuerzas y no en las de Dios. De acuerdo con la Biblia, aprendió que la fuente de poder es el Creador. Que si queremos tener fortaleza para vencer, es necesario que permanezcamos tomados de su mano.
Ese concepto de "permanencia" es esencial, descubrió, porque nos ayuda a estar conectados con la fuerza divina. Además, se dio cuenta que estar unidos a Dios nos permite "llevar fruto".
El Señor Jesús dijo algo clave: "...porque separados de mi nada podéis hacer". Es con Él con quien obtenemos la victoria. En nuestras fuerzas fracasaremos. Es imposible. En las fuerzas de Dios sí es posible vencer.
¿Tiene acceso a la fuente de poder?
Dios es la fuente de poder. No nosotros ni nuestros buenos propósitos. Por el contrario, si dependemos de nuestras fuerzas, nos lanzamos hacia un abismo sin fondo. Ahora bien, ¿cómo asegurar que tenemos acceso a la fuente de poder que es Dios? Recibiendo a Jesucristo como nuestro único y suficiente Salvador.
Hacerlo es muy fácil y se puede hacer haciendo una sencilla oración, incluso allí frente al computador. Dígale: "Señor Jesucristo, gracias por perdonar mis pecados con tu sacrificio en la cruz. Gracias por ofrecerme la oportunidad de emprender una nueva existencia y de tener la vida eterna. Te recibo en mi corazón. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"
Si hizo esta oración, lo felicito. Es el mejor paso que pudo haber dado. Ahora tengo tres sugerencias para usted. La primera, es que haga de la oración un hábito diario. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia. Allí aprenderá principios dinámicos que le ayudarán en su proceso de crecimiento personal y espiritual. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.
© Fernando Alexis Jiménez
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