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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
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"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
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Aprendiendo a vivir #031507
¿Acaso mide el alcance de sus palabras?
La mañana transcurrió como de costumbre en la oficina, con cartas por responder, arrumes de documentos por leer e infinito número de llamadas telefónicas de todos los clientes. Eduardo pensó que aquél sería un día rutinario, pero no imaginó que en cuestión de minutos el curso de la cotidianidad iba a sufrir un vertiginoso vuelco.
Dos escritorios más allá, una compañera de trabajo con quien no hacía buenas migas, lo miró de reojo en el momento en que él aumentaba el volumen en una emisora de música romántica.
--Caramba, Eduardo, no se da cuenta que trabajamos en una oficina. Respeto a sus compañeros y bájele el tono a esa radio—, le gritó fuera de sí.
El hombre se sintió agredido. Mil pensamientos vinieron a su cabeza y le dijo sin pensarlo:
--Si tanto le inquieta que escuchemos música, venga y apáguelo—la retó.
Ella se levantó de inmediato y se dirigió a pasos largos hasta donde él estaba:
--¿Cree que no puedo hacerlo?—dijo presa de la ira al tiempo que apagaba el receptor.
Esa fue la gota que rebosó la copa. Y como mecanismo para desahogarse le dijo:
--Vieja loca, contrólese...—
Esas tres palabras le valieron un memorando y el anticipo de que, si volvía a presentarse una situación igual, sería despedido.
¿Le suena familiar? A todos nos ha ocurrido que, movidos por las emociones, expresamos algo que no convenía y sin medir el alcance de nuestras palabras, terminamos ofendiendo.
El rey Salomón escribió un principio del que vale tomar nota si no queremos granjearnos problemas: "El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias." (Proverbios 21:23)
Este precepto está íntima relacionado con otro pasaje Escritural en el que leemos: "En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente." (Proverbios 10:19)
El problema radica esencialmente en que actuamos movidos por las emociones, y de lo que hay dentro nuestro, de eso hablamos. Por eso, sin pensarlo, generalmente expresamos lo primero que viene a nuestra mente.
Poder para edificar o destruir
Es importante que usted cuide mucho lo que dice. Recuerde que con las palabras edificamos o destruimos. La Palabra de Dios nos advierte que "Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina." (Proverbios 12:18)
Tome nota que el amoroso consejo del Señor nos indica que, si hay sabiduría en nosotros—la cual proviene de una íntima comunión con Él— nos expresaremos con palabras que construyen.
Nuestra forma de expresarnos puede resultar demoledora. Por esa razón debemos guardarnos de nuestras expresiones. La Biblia nos enseña que "En toda labor hay fruto; mas las vanas palabras de los labios empobrecen." (Proverbios 14:23). Quien nos concede la sabiduría necesaria es Dios.
Podemos manipular
Recuerdo cierta ocasión, mientras buscaba un juego de comedor, que me convenció el tercer vendedor con el que tuve contacto. Utilizó un rápido juego de palabras en el que combinaba las ventajas del modelo que me estaba ofreciendo, con la comodidad del precio. Terminé comprándolo para comprobar, meses después, que había adquirido muebles de mala calidad y que en comparación con otras alternativas, era el más caro.
Las palabras encierran un poder extraordinario. Con ellas se puede manipular, como nos indica la Biblia al citar al apóstol Pablo en su carta a los creyentes de Tesalónica: "Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo..." (1 Tesalonicenses 2:15)
La manipulación no debe ser una de las motivaciones que acompañe las actuaciones del cristiano, como lo enseñan las Escrituras. Por el contrario, debemos velar por que nuestras expresiones sean edificantes y contribuyan a glorificar el nombre de Jehová Dios (1 Timoteo 4:6).
Lo que decimos no debe ser un instrumento para hablar contra o acerca de las personas (Proverbios 18:8), para propiciar polémicas sin sentido (1 Timoteo 6:4), ni tampoco para engañar o dejarnos enredar y ser engañados (Colosenses 2:4).
En proceso de cambio
Sin duda usted anhela imprimir un cambio definitivo a su vida. Es lo que generalmente apreciamos en las personas cuando termina un año y comienza uno nuevo. Se hacen buenos propósitos, a los que fácilmente renuncian.
Sin embargo es posible cambiar. Ese proceso comienza con medir el alcance de nuestras palabras. Ser cuidadosos de cuanto decimos. El apóstol Pablo lo expresó de la siguiente manera: "Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca." (Colosenses 3:8)
Con el poder de Dios dentro nuestro, la transformación y crecimiento personal y espiritual son posibles. Hoy es el día para comenzar.
Ahora, quizá no ha dado un paso que es fundamental: aceptar al Señor Jesús como su Salvador personal. ¡Hágalo ahora! Dígale allí donde se encuentra: "Señor Jesucristo, reconozco que he pecado. Deseo cambiar y se que, gracias a tu muerte en la cruz, me limpiaste de todo pecado. Te recibo en mi corazón como mi Salvador. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"
Lo felicito por que hizo esta oración. Es la mejor decisión que haya podido tomar. Ahora tengo tres sugerencias para usted. La primera, que ore cada día. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia. Allí encontrará principios dinámicos respecto a cómo vivir agradando a Dios, y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.
© Fernando Alexis Jiménez
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