Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #070107

Salvos por la obra de Jesús en la cruz

Su rancho de madera, zinc y cartón, en el costado que daba al patio, lucía desierto cuando José Ignacio se quedó mirando fijamente una imagen que su esposa alumbraba diariamente con un velón, invariablemente rojo. La luz tenue apenas iluminaba ese rincón de la estancia. Todo estaba desordenado. Hacía más deprimente el lugar.

--Si tan solo hallara algo que me sacara de esta ruina—se lamentó. Y fue entonces que una fugaz idea cruzó por su mente. Un sacrificio. Eso quizá llenaría de gozo a Dios. Y nada mejor para hacerlo que aprovechando las peregrinaciones de mayo al santuario de la virgen de Guadalupe. Como buen mexicano supuso que tal decisión honraría al Creador.—Iré hasta su altar de rodillas y le pediré que me traiga buenos tiempos, porque no soporto esta miseria—murmuró con decisión.

José Ignacio se convirtió en uno de los pocos guadalupanos, que abriéndose paso a las voces de oposición de su esposa Josefa, de sus hijitos Manuel y Rosalba, y de su suegra Margot, llegó hasta el lugar de adoración de Guadalupe, sangrando las rodillas después de recorrer un kilómetro en esa posición.

Ciegos ante la verdad

La curación le tomó más de dos meses. Algunas de las heridas que se hizo fueron profundas. Y la pobreza siguió igual, a lo que él respondió con fervor:--Al menos, con ese sufrimiento que pasé, Dios perdonó mis culpas--.

Tres meses después de su extraña proeza, José Ignacio estaba vendiendo tacos. Los suyos eran famosos por el refrito que utilizaba en los frijoles, y por la calidad de chile que ponía a disposición de los clientes.

--¿Volverás a peregrinar ante la imagen de la virgencita?—le preguntó alguien.

--Claro... Claro... esta vez no por prosperidad sino por perdón de mis pecados—respondió con convencimiento.

Jesucristo nos liberó

La historia es real. Aunque la circunstancia que vivió José Ignacio ha cambiado. No cree ahora en efigies como la de Guadalupe, patrona de México, sino en un ser real, divino y que opera en medio nuestro: el Señor Jesús. Con su sacrificio en la cruz, Él perdonó nuestros pecados y nos hizo justos delante del Padre.

El apóstol Pablo lo explicó de la siguiente manera: "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu." (Romanos 8:1-4)

No son las obras humanas las que nos hacen salvo. Es el sacrificio de Jesús en la cruz. Tampoco por nuestro sacrificio tenemos vida eterna, sino por la muerte sacrificial del amado Maestro. Tenemos delante una nueva vida. Y debemos vivirla al máximo.

Reciba a Jesús como Señor

Quizá haya tomado conciencia del pecado en el que ha estado inmerso. Desea cambiar. ¡Felicitaciones! Pero es necesario que haga algo más: reciba a Jesucristo como su Señor y Salvador. Hágalo ahora mismo mediante la siguiente oración:

"Señor Jesús, reconozco que he pecado. Mis transgresiones me han mantenido distante del Padre. Hoy reconozco mi situación y deseo cambiar. Gracias por perdonar mis pecados en la cruz y abrirme las puertas a una nueva vida. Te recibo en mi corazón como único y suficiente Salvador. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén"

Si hizo esta oración, ojalá en sus propias palabras, le doy la bienvenida a una vida totalmente renovada en Cristo Jesús. Ahora que ha iniciado la transformación personal y espiritual, tengo tres recomendaciones para usted. La primera que hable diariamente con Dios. Orar es hablar con Dios. La segunda, que lea la Biblia y aprenda en ella principios dinámicos que renovarán su existencia. Y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana. Puedo asegurarle que los resultados serán sorprendentes.

© Fernando Alexis Jiménez

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