Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

.

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

  Regresar

©Copyright 2004-2009. Derechos reservados por Fernando Alexis Jiménez. Permiso concedido para uso en Iglesias, Ministerios y uso personal.

Aprendiendo a vivir #080107

¡Levántese del letargo espiritual!

Siempre fue el más rico del pequeño pueblo. Su esposa le llamaba Gabi, el común de las personas don Gabriel, y sus peones le decían el patrón, con una devoción extrema que sólo ameritaba que le construyeran un altar con veladoras, para ilustrar gráficamente la idolatría que le profesaban. "Es un buen hombre", afirmaban unos y otros.

Aceptó a Cristo como su Señor y Salvador un sábado que fue de compras a la capital. Un predicador estaba hablando de Jesús en las calles. Muy cerca del comercio de abarrotes al que iba. Prestó atención al mensaje e hizo decisión de fe. Esa tarde llegó con un entusiasmo único. Se portó amable con su esposa, sonrió en el momento de pagar el salario de los trabajadores y en la noche invitó a su familia a comer en un lugar cercano. "Lo que me ha ocurrido es extraordinario", les dijo.

El problema vino con el paso de los días. Gabriel se enfrió. Su ardiente amor por Jesucristo menguó. No de inmediato sino poco a poco, hasta que no oraba ni leía la Biblia. Cuando menos lo pensó estaba consumiendo licor y diciendo palabrones que hacían espantar hasta a sus ejemplares en las caballerizas.

No había pasado un año y del cristiano practicante, que iba cada domingo al culto en la ciudad, no quedaban rastros. Sus gestos eran hoscos, sus expresiones soeces y si aludía a Dios era para jurar en su nombre.

Murió de infarto. Sorpresivamente. Los médicos no pudieron hacer nada por él. Su sepelio fue multitudinario. Desde las horas del velorio nadie quería perderse las honras fúnebres, en un pueblo que era tan aburrido que la sola brisa de un atardecer caluroso se convertía en acontecimiento y ofrecía tema para conversar durante muchas semanas.

--¿Padre, mi esposo se salvó?—le preguntó la esposa de Gabriel al sacerdote que ofició el servicio religioso.

El clérigo se limitó a levantar los hombros y expresar en su rostro un gesto de ignorancia que dejó a la mujer sumida en una angustia que duró por mucho tiempo.

Percátese del tiempo que vivimos

Resulta interesante que si pasamos un tiempo en un lugar inhóspito, terminamos por acostumbrarnos. Igual que quien vive en una zona donde nieva bastante o quizá donde hace calor todo el tiempo, como en mi amada Santiago de Cali. El hombre se acomoda a las condiciones que le rodean.

Igual ocurre, pero lamentable que sea así, en la vida espiritual. Si no permanecemos asidos de la mano del Señor Jesucristo corremos el peligro de ceder terreno a las tentaciones del diablo, llegando a un revés espiritual o en el mejor de los casos, a un estancamiento. Ya no queremos orar, leer la Biblia o congregarnos. Todo entra a formar parte de la rutina.

Es un peligro latente que enfrentamos siempre. El apóstol Pablo lo expresó con las siguientes palabras: "El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos." (Romanos 13:10, 11)

En estos dos versículos encontramos dos principios imperativos para todo creyente: el primero, que estamos obligados a caminar en la voluntad de Dios cumpliendo preceptos tan claros e irrenunciables como el amor al prójimo, y el segundo, que así no nos percatemos, el tiempo avanza y nos encontramos en una época decisiva para la historia de la humanidad.

Tal vez hayamos tomado la vida cristiana muy a la ligera o usted mismo haya dilatado la decisión de recibir a Jesús como Señor y Salvador. ¡Pues hoy es el día de despertar! El letargo en el que lo sume el mundo no hace otra cosa que distanciarlo de Dios.

Tómese un instante para examinarse juiciosamente y formularse las siguientes preguntas: ¿Cómo está mi vida espiritual? ¿Voy a la presencia de Dios en oración y aprendo sus principios para mí mediante la lectura de las Escrituras? Si debiera partir ahora a la presencia del Señor, ¿puedo estar seguro que mi estilo de vida honró al Padre celestial y corresponde a la forma de pensar y de actuar de alguien salvo por la obra redentora de Jesucristo? Recuerde que la respuesta a estos interrogantes solamente la tiene usted.

Renuncie a la mundanalidad

Una vez tomamos conciencia que estamos a las puertas del final de los tiempos, bien que profesemos la fe cristiana o que apenas estemos por entrar en ese maravilloso estado, debemos dejar de lado pensamientos y acciones que no honran y glorifican a Dios.

La recomendación del apóstol Pablo fue muy clara: "La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz." (Romanos 13:12)

A menos que hagamos a un lado --con firmeza y sin el ánimo de volver atrás en nuestra decisión--, todo aquello que es contrario a la vida cristiana, estaremos avanzando en un espiral sin fondo, cada vez más bajo.

En la auto evaluación que le invito a hacer de su vida espiritual y personal, es importante que anote en qué áreas está fallando y, con sinceridad, cuáles cree que son los correctivos que debe aplicar. Recuerde que esos cambios que debe imprimir a su existencia no los aplicará en sus fuerzas sino en las de Dios.

Vivir a Cristo implica cambios

La vida cristiana no es como una franquicia. Le pongo un ejemplo: imagine un almacén de cadena que de pronto y por decisión de sus directivas, deja de operar comercialmente con determinado nombre de una cadena nacional, y una semana después aparece ante los compradores con otra presentación. Los clientes entran con la expectativa de encontrar promociones y hallan lo de siempre, incluso con los rótulos del pasado. ¡Nada cambió, sino el nombre del almacén!

Igual ocurre con muchos cristianos. Aceptan a Jesús y nada pasa, no porque el Señor no quiera sino porque esos creyentes desean seguir con un pie en el mundo y otro en las cosas de Dios. Tremendo error. Aceptar al Salvador implica vivir a Cristo. No por pocos minutos sino siempre. Permitirle que Él transforme todo nuestro ser.

Una explicación apropiada de este proceso la ofrece el apóstol Pablo cuando escribe: "Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne." (Romanos 13:13, 14)

Cambio. Una palabra pequeña pero que encierra un enorme significado. Implica renuncia radical a todo pecado. La inclinación a caer siempre estará latente, pero depende de usted y de mí la decisión que tomemos. ¿Lo había pensad así?

Es necesario vestirnos de Jesucristo. Vestirse proviene del vocablo griego Enduo que significa "ponerse algo sobre uno mismo o sobre otro". Es permitir que el Hijo del Dios altísimo gobierne nuestro ser, nos moldee, sea soberano en nuestros pensamientos y acciones. Además, y como lo explica Pablo, debemos tomar la decisión de no satisfacer los deseos de la carne que son los que asaltan nuestra vida con tanta frecuencia.

Hoy es el día apropiado para emprender ese cambio personal y espiritual que tanto necesita. Es posible en las fuerzas de Dios, no en las suyas. Pero debe someterse a Él, entregándole sin reticencias las llaves de su corazón. La transformación será sorprendente. Usted mismo podrá comprobarlo.

A propósito, ¿ya recibió a Jesucristo como Señor de su vida? Puede hacerlo ahora mismo. Basta que repita esta sencilla oración: "Señor Jesucristo, reconozco que moriste por mis pecados. Gracias por traer perdón a mi vida. Me arrepiento de toda la maldad y te recibo en mi corazón como único y suficiente Salvador. Haz de mí la persona que tú quienes que yo sea. Amén".

Ahora tengo tres recomendaciones para usted que hizo esta oración. La primera que haga de la oración un principio diario. Recuerde siempre que orar es hablar con Dios. La segunda, que lea en la Biblia principios dinámicos que le ayudarán en el proceso de crecimiento personal y espiritual, y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana. ¡Su vida será diferente, no me quepa la menor duda!

© Fernando Alexis Jiménez

.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

|Ir arriba | Regresar |

Auspiciadopor  Ministerio Evangelístico Cibernético Adorador .com http://www.adorador.com