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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
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Aprendiendo a vivir #012108
Lo que hizo fue inesperado. Abrió la guantera del vehículo y sacó un arma. Seguía conduciendo. Todo alrededor pasaba con una rapidez indescriptible frente al las ventanas. Iban a una velocidad inusitada. Joseph miró a su interlocutor. El lo miraba con expresión de angustia. Tras gritarle una apretada síntesis de improperios, le disparó tres veces. Luego disminuyó la velocidad, se acercó a la margen de la autopista y arrojó el cuerpo.
Ese fue el primer contacto que tuvo con la muerte. Mientras avanzaba por la enorme vía que se perdía en el horizonte como si condujera al infinito. Su corazón palpitaba intensamente. Podía percibir los latidos en las sienes. Lo embargaban dos sentimientos: ira por lo que su amigo le había hecho al dejarle sin participación en un negocio de contrabando, y temor al descubrir de hasta dónde podía llegar en un rapto de ira.
Su captura se produjo dos meses después. La esposa de la víctima lo acusó de ser el responsable. Intuía que era él porque fue a casa a recogerlo y le invitó a "salir por ahí...". No fue necesario conjeturar mucho para deducir quién era el responsable.
La cárcel, a diferencia de lo que pensó al comienzo, se convirtió en el lugar donde tuvo un encuentro personal con Jesucristo. Emprendió una nueva vida.
Pasó ocho largos años yendo de una celda a otra en los penales norteamericanos hasta que, después de luchar contra las reglas, reconoció que el poder de Dios era el que necesitaba para experimentar transformaciones en su carácter. Hoy es alguien diferente. Preside una pequeña congregación en un suburbio de ciudad de Méjico. Ha ido también a otros países de Sudamérica. Su vida es nueva.
--Todo comenzó cuando reconocí mis errores. En ese momento di el primer paso para el cambio—explicó en un programa de televisión cristiana en el que lo entrevistaron recientemente.
¿Por qué se nos dificulta cambiar?
Los seres humanos enfrentamos una lucha permanente con tres conceptos que difieren uno de otro y que interpretan nuestra realidad cotidiana. El primero es la imagen que tenemos de nosotros; el segundo, lo piensan de nosotros quienes están alrededor y, el tercero, lo que realmente somos.
Ahora, ¿sabe cuál es el principal impedimento que enfrentamos para emprender el cambio que requiere nuestro ser? La respuesta es sencilla: el inconveniente de mayor significación es que nos cuesta reconocer las fallas y, bajo el convencimiento de que estamos actuando bien, nos resistimos a ser diferentes.
Un auto examen, el primer paso
Joseph reconoció en las noches de agonía, encerrado en una celda, que estaba cosechando lo que había sembrado.
Quizá usted atraviesa momentos difíciles. Hay tropiezos en el hogar, en el trabajo y donde quiera que se desenvuelve. ¿Se ha pregunta cuál es el grado de compromiso que tiene en tales dificultades? Es probable que, sin proponérselo, usted sea el responsable. Está sembrando semillas de intolerancia y se sorprende cuando cosecha desamor.
El primer paso hacia el cambio debe darlo usted. Nadie más lo hará. La transformación personal y espiritual inicia con cada uno de nosotros, los demás no serán quienes comiencen. ¿Qué hacer entonces? Tome el tiempo necesario para hacer un auto examen:
¿Cómo se encuentra en el trato con su cónyuge o quizá con los hijos? ¿Cuál es su desempeño en el lugar de trabajo o quizá en el lugar donde reside? ¿Cómo actúa frente a diversas circunstancias? ¿Cuáles son sus reacciones cuando considera que algo va en contravía de lo que usted considera que debiera ser?
Estos y otros interrogantes relacionados con su desenvolvimiento cotidiano, le permitirán tener una aproximación de quién es usted realmente. Sea honesto. Responda con el corazón y no con ideas preconcebidas. Recuerde que quien se engaña es usted, si plantea respuestas equivocadas o por conveniencia.
Reconózcalo: ha fallado
Un hombre sabio de la antigüedad escribió que si hay interés de ser nuevas criaturas, debemos obrar en consonancia admitiendo los errores.
"El hombre reconocerá públicamente: "He pecado, he pervertido la justicia, pero no recibí mi merecido. Dios me libró de caer en la tumba; ¡estoy vivo y disfruto de la luz! Todo esto Dios lo hace una, dos y hasta tres veces, para salvarnos de la muerte, para que la luz de la vida nos alumbre" (Job 33:27-30. NVI).Es probable que hasta ahora haya logrado sortear exitosamente los momentos difíciles. Es producto de la misericordia divina y no de sus propios méritos.
Una ley universal: la siembra y la cosecha
Dios no nos obliga a cambiar. Es una decisión que debe nacer en el corazón. Si persistimos en obrar mal no debemos sorprendernos por los resultados. Es una actitud de rebeldía hacia la vida, hacia quienes nos rodean y, por supuesto, hacia el Creador.
Las Escrituras dicen:
"Dios paga al hombre según sus obras; lo trata como merece" (Job 34:11. NVI). Es un principio universal ineludible: si obramos bien, lo más probable es que nos irá bien; si obramos mal, cosecharemos el mal. Pero también es un principio del reino de Dios.Permita que Dios obre en su corazón
Probablemente está cansado de afrontar situaciones difíciles en su vida. Reconoce que muchas son la consecuencia de sus propias acciones. Desea cambiar y, aunque reconoció ya sus fallas, no sabe qué paso seguir.
Si en su corazón hay disposición de ser diferente, es necesario un segundo paso. Consiste en recibir al Señor Jesucristo como único y suficiente Salvador. Ábrale su corazón y diga esta sencilla oración: "Señor Jesucristo, reconozco que he pecado. Deseo cambiar. Gracias por perdonar mis pecados en la cruz y ofrecerme una nueva vida. Entra a mi corazón y haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén"
Si hizo la oración, ¡felicitaciones! Su transformación personal y crecimiento espiritual acaba de comenzar. El camino inicia ahora, allí donde está. Se fundamenta en una permanente dependencia del Señor Jesucristo.
Tengo tres sugerencias finales que hacerle. La primera, que hable diariamente con Dios a través de la oración. Permita que haya intimidad en su relación con el Supremo Hacedor. Dígale cómo se siente, sus expectativas y peticiones. Es un Padre amoroso y comprensivo.
La segunda, aprenda cada día más de Su Palabra: la Biblia. Comience por los evangelios y conozca cuáles son los principios de vida cristiana práctica que hay contenidos allí para usted y que le conducirán al éxito. Y la tercera, comience a congregarse en una iglesia cristiana. Vaya a los servicios. Dígale al pastor que usted hizo la decisión de fe y desea emprender el Camino. Él le orientará.
© Fernando Alexis Jiménez
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