Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #040308

Sea libre... perdonando

La noche fue cómplice de la muerte. Era una noche muy iluminada por una luna que avasallaba todo, colándose curiosa por entre la silueta que dibujaban las edificaciones. Rolando estaba como de costumbre a pocos metros de la cancha de baloncesto. Era su costumbre y además, parte de su ocupación. Vendía drogas cuando las sombras se apoderaban de la ciudad.

Alguien se acercó para pedirle un dinero prestado. "Solo por unas horas", le dijo mientras esgrimía una sonrisa que encerraba por igual cinismo y desesperación. "¿No ves que no he vendido nada? No tengo nada, salvo unas monedas y las necesito para dar cambio si alguien viniera", le respondió con una dureza que pretendía ser motivo suficiente para que se alejara el inoportuno. Pero no fue así. El hombre sacó un arma y se abalanzó sobre su cuerpo. Sobre el frío pavimento quedó quien por años fuera un buen estudiante hasta que se involucró con las pandillas de Guayaquil.

El sepelio fue doloroso para todos. No hay muerto malo, y así como sus hermanos lo calificaron de un ser noble, Rosaura, su madre, dijo a todos en medio de las lágrimas que bañaban su rostro: "Era el mejor hijo del mundo".

Días después y por conducto de un compañero de andanzas de Rolando, se enteró de quien era el asesino. Estaba tomando café al caer de la tarde, mirando a través de la ventana sin ningún punto fijo, perdida en la distancia mientras el olor a sal impregnaba el ambiente. El mar estaba embravecido y ella lo único que quería era que el día terminara. "Sabemos quien lo mató y vamos a vengarlo", le dijo el muchacho. La mujer pareció volver de un viaje lejano, se quedó mirándolo y con la ternura de una madre que previene a su hijo de cometer una barbaridad, le dijo: "No lo hagas. Ya le perdoné. No tiene sentido caer en venganzas".

Después de horas incansables de llanto y de rememorar a Rolando como si volviera sobre las viejas páginas de álbumes amarillentos, había llegando a la conclusión de que perdonar era el camino que la llevaría a la libertad.

¿Ha pensado usted cuánta pesada carga liberaría de sus hombros si tanto solo decidiera perdonar a quien le provocó daño en el pasado o en los momentos recientes? Cada vez que usted odia no hace que traerse más problemas y amargarse preciosos momentos que podrían ser de felicidad.

El principio liberador del perdón quedó ilustrado en una escena que describe el Evangelio: "Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: --Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? --No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete --le contestó Jesús--." (Mateo 18:21, 22).

Usted ha sido llamado por Dios a ser libre de toda atadura que le impide avanzar. Una de las más grandes y pesadas cadenas es la del rencor. Estar rememorando el daño que nos provocaron y no mirar hacia delante, las enormes oportunidades que tenemos de vivir otros momentos. La oportunidad de restablecer una relación.

Es necesario evaluar a quién no perdonamos

Aunque digamos que a mano no tenemos memoria de a quién no perdonamos, es importante que constantemente hagamos una auto evaluación. Es la única forma, honesta y reflexiva, de ser libres.

Hoy le invito para que medite a quién odia o por quién guarda resentimiento y se disponga a dejarse arrastrar por la fuerza liberadora del perdón…

Tal vez le falta algo

Es probable que, además de perdón en su corazón, tenga otra necesidad: recibir a Jesucristo. ¡Hoy es el día para que lo haga! Basta con una sencilla oración que puede hacer allí mismo donde se encuentra. Dígale: "Señor Jesucristo, reconozco mis pecados. En mis fuerzas me resulta imposible cambiar. Pero igual, sé que tomado de tu mano podré avanzar a alturas insospechas en el crecimiento personal y espiritual. Te recibo en mi corazón como mi único y suficiente Salvador. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"

Lo felicito por la decisión que tomó. Puedo asegurarle que desde hoy su vida será diferente. Por eso tengo tres recomendaciones: la primera, que lea la Biblia cada día; la segunda, que ore diariamente y haga de la oración un hábito diario, y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.

Adelante. Insisto: hoy acaba de iniciar una nueva existencia tomada de la mano del Señor Jesucristo.

© Fernando Alexis Jiménez

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