Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

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"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #042108

¿Qué hacer para cambiar?

La canción que salía del negocio de licor era demasiado estridente. Los domingos en la tarde, en aquél caserío, era particularmente ensordecedora y melancólica. Era el tiempo que aprovechaban los lugareños para beber y, en ciertas ocasiones y para matar el aburrimiento, pelearse a puntos asi fuera con sus mejores amigos. El ambiente era sórdido, desagradable, monótono.

Juan estaba sentado en un muro pequeño de ladrillo crudo. Estaba saliendo de una borrachera de doce horas, los ojos vidriosos, los labios resecos e incertidumbre en la mirada. La noche anterior se había peleado con su esposa, la echó de casa y comprobó, tiempo después que ella junto a sus dos hijitos lo había abandonado.

--Realmente no se qué hacer… Quiero dejar este vicio, pero ¿hay esperanza para mi?—preguntó quedamente, con desesperanza. Un carro atravesó el camino polvoriento y él se quedó viéndolo, como si quisiera irse tras el vehículo en busca de su mujer.

El predicador, que recién llegaba a dirigir como siempre el culto dominical en el parque principal de la aldea, le sonrió. "Sí, hay esperanza y puedes cambiar…", le tranquilizó.

A continuación abrió la Biblia y con sumo cuidado, como midiendo el alcance de sus palabras, le explicó por las Escrituras, qué debía hacer para emprender a paso firme el proceso de cambio y crecimiento personal y espiritual.

La separación de Juan duró poco más de un mes. Su esposa no podía creer que el hombre violento que llegaba los sábados en la madrugada, ebrio y con ganas de tirar la puerta, fuera el mismo que le hablaba con tranquilidad y le aseguraba que había cambiado. "Soy un hombre nuevo", le decía él, rogándole que volviera a casa.

Fueron los vecinos del lugar quienes le confirmaron que el campesino era diferente. Llegaba del trabajo antes de morir la tarde y se sentaba, en la soledad de su casa, a leer la Biblia. Lo hacía hasta tarde y no iba a la cantina, como en otras épocas. También oraba. Lo veían todos, cuando se reunía en el culto…

Cambiar sí es posible

Una mujer con la que hablé hace poco me expresaba su preocupación por dos cosas. La primera, su esposa había dejado el hogar hacía algún tiempo, y la segunda, consideraba imposible que él dejara de ser tan machista como lo fuera por más de diez años.

--¿Usted cree que es posible un cambio en mi marido?—me preguntó, y aunque por la Biblia miramos las razones que sustentaban mi convicción, pasó tiempo antes que lo creyera. Pero fue real en su existencia. El hogar se restableció y viven como ninguno de los dos soñó siquiera.

Para cambiar, debemos reconocer nuestra realidad actual

Si Juan se hubiese propuesto dejar el alcohol en sus fuerzas, habría fallado una y otra vez. Es lo más seguro. Sin embargo comprendió que sólo con el poder de Dios podría iniciar ese camino extraordinario que nos lleva a la transformación.

Por esa razón es importante que todo aquél que tenga interés en cambiar, haga primero un auto examen de su existencia y de las consecuencias que ha traído el pecado.

En tanto estemos alejados de Dios, el pecado nos tendrá sujetos a la muerte. Para sacarnos de ese estado, el Señor Jesús murió en la cruz por nuestros pecados. Nos hizo libres de la condenación eterna.

El apóstol Pablo lo explicó de la siguiente manera: "En otro tiempo ustedes estaban muertos en sus transgresiones y pecados, en los cuales andaban conforme a los poderes de este mundo. Se conducían según el que gobierna las tinieblas, según el espíritu que ahora ejerce su poder en los que viven en la desobediencia. En ese tiempo también todos nosotros vivíamos como ellos, impulsados por nuestros deseos pecaminosos, siguiendo nuestra propia voluntad y nuestros propósitos. Como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios." (Efesios 2:1-3. Nueva Versión Internacional)

¿Qué nos mantiene atados a una conducta alejada de Dios? El sistema en el que nos desenvolvemos. Y, ¿quién gobierna ese sistema? Satanás. Recuerde lo que anota el propio Pablo: "Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales." (Efesios 6:12. Nueva Versión Internacional)

Lo que aprendemos en las Escrituras es que la obra del amado Jesús en la cruz, nos dio vida cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Nuestro adversario, el diablo nos mantenía sometidos, gobernados por la inclinación pecaminosa de la carne, las pautas inmorales trazadas por la sociedad en la que nos desenvolvemos, y cediendo a pensamientos de maldad. De seguir así, sin duda habríamos sido el blanco de la condenación divina.

La única forma de escapar de esa muerte física y espiritual a la que nos conducíamos, era por la entrega del Hijo de Dios en la cruz. Él murió por los pecados, resucitó y nos hizo libres.

Si vamos a cambiar, es necesario cuidar la mente

Nuestra mente es un campo de batalla. Es allí donde se encuentra el centro de información que nos lleva a actuar. Satanás sabe que si logra controlarla, nos sujetará de nuevo al pecado, experimentaremos un lamentable retroceso en la vida espiritual y quedaremos expuestos a la muerte en todas sus formas.

¿Qué pasos debemos seguir? En primera instancia liberarnos de la atadura al actual sistema en el que nos desenvolvemos, plagado de maldad. El apóstol Pablo recomendó a los creyentes del primer siglo: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. " (Romanos 12:2. Nueva Versión Internacional)

Una vez desechamos las pautas de pecado que busca imponernos el mundo, debemos abrir la mente a Dios, de tal manera que podamos movernos en Su preciosa voluntad: "Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio." (Filipenses 4:8. Nueva Versión Internacional)

Como podrá apreciar, es fundamental que comencemos a depurar nuestros pensamientos. Desechar aquello que no nos sirve y de paso, contamina nuestra vida espiritual. La decisión de ser transformados en nuestra forma de pensar, es nuestra y nada más que nuestra.

La oración es la herramienta eficaz para vencer la inclinación natural a pensar en la maldad. Es nuestra arma poderosa. Con ella derribamos muros que se levantaron por mucho tiempo en nuestra existencia y que nos mantenía encarcelados en la mundanalidad.

Es esencial que sometamos a Cristo nuestra manera de pensar, tal como lo aconsejó Pablo en su carta a los creyentes de Corinto: "… pues aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas. Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo." (2 Corintios 10:3-5)

El concepto de sometimiento aquí está ligado a obediencia (del griego hupakoe, que traduce oír con sumisión y asentimiento). Por tanto es imperativo que cuidemos nuestra mente, que tomemos esa decisión desde hoy si nos asiste el propósito de cambiar y crecer a nivel personal y espiritual. Si no lo hacemos, corremos el peligro de dejarnos arrastrar de nuevo por los viejos hábitos que nos mantenían atados.

Pasos sencillos para comenzar el cambio

El cambio y posterior crecimiento personal y espiritual, obedece a un proceso. No es algo que se logra de la noche a la mañana. Va acompañado de pasos. Y como estoy seguro que su mayor anhelo es experimentar esa transformación que trae Jesucristo a nuestra vida, le sugiero tres pasos que son esenciales: arrepentimiento, confesión y renuncia.

Vamos al primero. Arrepentimiento. Es reconocer que pecamos, que hemos estado alejados de Dios y que en esa condición estaremos muertos en delitos y pecados. En nuestras fuerzas no es fácil arrepentirnos. Tal vez lo deseemos, pero es nuestro amado Dios quien nos concede ese privilegio: "Así, humildemente, debe corregir a los adversarios, con la esperanza de que Dios les conceda el arrepentimiento para conocer la verdad," (2 Timoteo 2:25)

El segundo paso es la Confesión. No es otra cosa que confesar a Dios, no a los hombres, nuestros pecados. Jamás olvide lo que dice la Palabra de Dios: "Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón." (Proverbios 28:13. Nueva Versión Internacional) El rey David escribió con las manos en el corazón: "Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: «Voy a confesar mis transgresiones al Señor», y tú perdonaste mi maldad y mi pecado. Selah" (Salmo 32:3,5).

Por último, un tercer paso que es indispensable: Renunciar. ¿A qué? A las viejas prácticas. Escribe el apóstol Pablo: "Por esto, ya que por la misericordia de Dios tenemos este ministerio, no nos desanimamos. Más bien, hemos renunciado a todo lo vergonzoso que se hace a escondidas; no actuamos con engaño ni torcemos la palabra de Dios. Al contrario, mediante la clara exposición de la verdad, nos recomendamos a toda conciencia humana en la presencia de Dios." (2 Corintios 4:1, 2).

Con base en el conjunto de versículos que leímos, corrobora usted que es posible el cambio y el crecimiento personal y espiritual. No pierda esa oportunidad extraordinaria que se abre frente a usted.

Tal vez le falta algo

Es probable que, además de perdón en su corazón, tenga otra necesidad: recibir a Jesucristo. ¡Hoy es el día para que lo haga! Basta con una sencilla oración que puede hacer allí mismo donde se encuentra. Dígale: "Señor Jesucristo, reconozco mis pecados. En mis fuerzas me resulta imposible cambiar. Pero igual, sé que tomado de tu mano podré avanzar a alturas insospechas en el crecimiento personal y espiritual. Te recibo en mi corazón como mi único y suficiente Salvador. Haz de mí la persona que tú quieres que yo sea. Amén"

Lo felicito por la decisión que tomó. Puedo asegurarle que desde hoy su vida será diferente. Por eso tengo tres recomendaciones: la primera, que lea la Biblia cada día; la segunda, que ore diariamente y haga de la oración un hábito diario, y la tercera, que comience a congregarse en una iglesia cristiana.

Adelante. Insisto: hoy acaba de iniciar una nueva existencia tomado de la mano del Señor Jesucristo.

© Fernando Alexis Jiménez

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