Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

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"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Aprendiendo a vivir #063008

¿Puedo decidir si perdono a mi prójimo?

La carta la escribió con rabia; tanta, que no podía concentrarse. Rayó varias hojas, buscando las palabras indicadas. Leía las frases, arrugaba el ceño unas veces o farfullaba por lo bajo, en otras. No quedaba conforme. "Esta palabra no está bien aquí", decía. Sin más razones que considerar, arrugaba con fuerza el papel y lo arrojaba al cesto de basura. Tenía una buena cantidad de trozos reposando en el fondo del tarro, junto a su escritorio.

Recorrió con la mirada la oficina. Era pequeña. Sobria. Solamente tenía un adorno. Era un cuadro, pintado al óleo, que mostraba un lago inmenso, una casita de madera en sus orillas, un embarcadero y un hombre que caminaba con un bulto al hombro. Nunca pudo explicar por qué, pero esa imagen, del hombre con un pesado fardo a cuestas fue lo que motivó su decisión de comprar la obra de arte. No fue la combinación de colores ni el realismo que reflejaba el agua, con tanta vivacidad como si de verdad estuviera moviéndose pesadamente por la fuerza de la brisa.

Posó su mirada en aquella figura de miniatura, pintada con trazos finos. Era muy semejante a él porque también arrastraba la difícil carga del rencor. Lo carcomía. No podía soportarlo. Odiaba a su hermano, a quien acusaba de robarle parte de su herencia. Ahora pasaba por una situación muy compleja con su familia. Mientras que enfrenaba penurias económicas, su hermano gozaba de enormes privilegios. "No es justo que haya robado mi parte", solía repetir con vivo rencor.

La rabia contenida que guardaba dentro fue la que inspiró una frase. Corta, cargada de sentimiento, contundente. "¿Por qué debo perdonar a mi hermano?". La leyó por primera y ultima vez, la guardó en un sobre y la envió a mi sistema de correo. Me pareció un interrogante que encerraba un profundo significado...

Es probable que usted también se haya preguntado una y mil veces: "¿Por qué debo perdonar a quien me hizo daño?". Es una pregunta a la que, por mucho que le de vueltas, no le encuentra respuesta. ¿Ha vivido acaso esa experiencia?.

Una inclinación humana

La inclinación natural de todas las personas es hacia la maldad. Es una naturaleza que debemos someter al amado Salvador Jesucristo para que opere la transformación profunda que requiere.

Esa tendencia a obrar maldad quedó identificada desde el comienzo mismo del género humano. En la Biblia leemos que antes del diluvio universal, el Creador puso de manifiesto este fenómeno. "Pero el SEÑOR dijo:<<Mi espíritu no permanecerá en el ser humano para siempre, porque no es más que un simple mortal; por eso vivirá solamente ciento veinte años>>. Al ver el SEÑOR que la maldad del ser humano en la tierra era muy grande, y que todos sus pensamientos tendían siempre hacia el mal, se arrepintió de haber hecho al ser humano en la tierra, y le dolió de corazón" (Génesis 6:3, 5. Nueva Versión Internacional).

¿Quieren hacernos daño? Es probable que en una buena parte de los casos, quienes obran en contra nuestra lo hacen deliberadamente. Sin embargo, también en una alta proporción quienes ponen tropiezo o causan perjuicio no tienen conciencia de lo que hacen. Es el caso de quienes hablan lo primero que llega a su mente, sin meditar cuidadosamente cada una de sus palabras.

Por esa razón cuando sienta animadversión hacia alguien o albergue sentimientos de odio por culparle de provocarle dolor a su existencia, es fundamental que se formule este primero interrogante: ¿Lo hizo acaso con premeditación?.

¿Por qué debemos perdonar?

Debemos perdonar porque Dios nos perdonó todas nuestras maldades. Lo hizo por amor. En su Hijo Jesucristo cargó todas las iniquidades que rodeaban nuestra existencia y nos limpió totalmente, abriéndonos la puerta a una existencia renovada.

El apóstol Juan escribió: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. Todo el que odia su hermano es un asesino, y ustedes saben que en ningún asesino permanece la vida eterna. En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos."(1 Juan 3:14-16. Nueva Versión Internacional).

El evangelio relata una escena singular en la que el Señor Jesucristo se pronunció respeto al perdón. "Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:--Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mi?¿Hasta siete veces?.—No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces—le contestó Jesús." (Mateo 18:21, 22. NVI).

Perdonar entonces es un principio de vida práctica. Es esencial para ayudarnos a mantener unas buenas relaciones interpersonales.

¿Cómo afecta la falta de perdón?

La falta de perdón en nuestros corazones afecta la vida física y espiritual. Conocí a alguien que padecía constantes enfermedades. En principio los médicos no encontraban el origen de las dolencias. Pasaba de una medicación a otra. Por fin y después de una Consejería Pastoral descubrió que su vida era gobernada por el rencor hacia el esposo que la había abandonado, cinco años atrás, por irse con una mujer más joven.

Una vez identificó su error, y perdonó de corazón con ayuda del Señor Jesús, se produjo una considerable mejoría en su estado anímico y de salud. La sanidad total se evidenció pocas semanas después.

En el proceso de crecimiento espiritual un ser lleno de odio experimentará estancamiento. El apóstol Pablo fue claro al enseñar: "Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso" (1 Corintios 13:3. Nueva Versión Internacional). A continuación plantea cuáles son las características que rodean al amor que reposa en alguien: "El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (versículos desde el 4 al 7. NVI).

Si profesa ser cristiano pero anida el rencor, es hora de que se pregunte qué está ocurriendo con su fe y testimonio de vida. Ser cristiano implica perdonar.

¿Y si fue una injusticia en contra nuestra?

Con frecuencia nos preguntan: Y ¿qué hacer si aquello que despertó nuestro resentimiento es una injusticia que está en la impunidad?.

La respuesta la encontramos también en las Escrituras. Cuando los israelitas huían de Egipto, camino del desierto, se encontraron con una situación preocupante: tras ellos venían quienes habían sido sus opresores por espacio de cuatrocientos años.

Dios alentó al pueblo. "—No tengan miedo—les respondió Moisés--. Mantengan sus posiciones que hoy mismo serán testigos de la salvación que el SEÑOR realizará a favor de ustedes. A esos egipcios que hoy ven, ¡jamás volverán a verlos!. Ustedes quédense quietos, que el SEÑOR presentará batalla por ustedes" (Éxodo 14:13, 14. NVI).

Tómese el tiempo de leer de nuevo el texto. Hágalo cuidadosamente. Interiorice esa promesa para usted: Dios obrará justicia. No es necesario que usted, en sus fuerzas, libre la batalla. Él lo hará por usted. Le guardará y hará justicia, como el Padre amoroso que es, que no permite injusticias para con sus hijos.

Hay otra promesa de protección y justicia preciosa, que estoy leyendo en la Biblia. La comparto con usted que anhela no quede sin justicia quien causa daño. La comparto con usted: "Porque así dice el SEÑOR Todopoderoso, cuya gloria me envió contra las naciones que los saquearon a ustedes:<<La nación que toca a mi pueblo, me toca la niña de los ojos. Yo agitaré mi mano contra esa nación, y sus propios esclavos la saquearán." (Zacarías 2:8, 9. NVI). ¿Se da cuenta con qué asimila Dios a Su pueblo, del cual usted y yo formamos parte por la obra redentora del Señor Jesús? Nos compara con la "niña de sus ojos" y anuncia castigo a quien viene en contra nuestra.

¿Cómo avanzar en el proceso de perdonar?

Quien nos otorga el poder para perdonar es Dios. El apóstol Pablo escribió a los creyentes de Filipos: "Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6. Nueva Versión Internacional).

No es en nuestras fuerzas sino en las que nos concede el Creador que avanzamos hacia el perdón. El Señor Jesús lo describió con claridad: "Yo soy la vida y ustedes son las ramas. El que permanece en mi, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mi no pueden ustedes hacer nada." (Juan 15:5. NVI).

¡No siga arrastrando el odio en su corazón! Dios quiere cambiar en curso de su historia. Hoy es el día. Él le ayudará a perdonar. Adelante. Tome la decisión. ¡Perdonar es posible con ayuda de Aquél que todo lo puede, nuestro amado Padre!.

¿Acaso no ha dado el paso más importante?

Ya aprendió los pasos para avanzar en el proceso de perdonar y limpiar nuestro corazón. Es probable sin embargo que no haya dado el paso principal: recibir al Señor Jesús como su único y suficiente Salvador. Es muy fácil. Puede hacerlo ahora mismo. Basta que en oración repita conmigo:

"Señor Jesús, reconozco mi pecado y también que tú moriste en la cruz para perdonar todas mis maldades. Me abres las puertas a una nueva vida. Yo quiero esa nueva vida. Entra en mi corazón y haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén"

Acaba de dar el paso más importante de su existencia. El cambio comenzará ahora. Jesucristo operará las transformaciones que tanto ha anhelado en sus pensamientos y acciones.

Ahora tengo tres recomendaciones para usted. La primera, que haga de la oración un principio diario. Orar es hablar con Dios. Nos fortalece, anima y produce crecimiento personal y espiritual. La segunda, que aprenda en la Biblia principios que transformarán su ser y le llevarán, a la realización personal y a mantener buenas relaciones con Dios, consigo mismo y con los demás.

Por último le recomiendo congregarse en una iglesia cristiana. Dígale al pastor que ya hizo decisión de fe y espera que le ayuden a continuar con un proceso de discipulado.

Felicitaciones... ¡Su vida jamás será la misma!

© Fernando Alexis Jiménez

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