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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
Estudio Bíblico #020107
Por un instante tómese el trabajo de mirar con cuidado el cúmulo de hombres y mujeres que pasan junto a usted. Son personas que encierran un mundo de ideas, una cosmovisión propia, una religión y una cultura particulares. Sus perspectivas de la vida son diferentes entre sí.
Resulta interesante preguntarse si cada una de ellas tiene un propósito claro en la vida. Al fin y al cabo la existencia terrenal es una sola y cada minuto que transcurre, jamás volverá atrás. Por ese motivo aseguramos que cada instante es único e irrepetible.
Si tuviéramos oportunidad de realizar una encuesta entre aquellos con los que tratamos a diario, los resultados serían sorprendentes. Posiblemente muchos de ellos nos dirían que—con sinceridad—no saben para dónde van.
Una vida con una misión. A ella fuimos llamados usted y yo. Sin duda en el plan eterno de Dios no estaba planteado el que viniéramos a transitar de un lugar a otro, sin un rumbo fijo. Por el contrario, su disposición desde que creó el universo y concibió en la tierra a los primeros moradores, Adán y Eva, se orientaba a que cada uno cumpliera una misión específica.
Si volvemos las páginas de la Biblia hallamos la vida de uno de los hombres más sorprendentes de la historia: Abraham. Llamado el padre de la fe. Alguien que marcó un hito histórico para Israel. Fue llamado por Dios a cumplir una misión, y aunque enfrentó reveses y a nivel personal experimentó ambivalencias, la cumplió. El relato lo encontramos en el capítulo 12 del libro del Génesis que le invito para que lea conmigo.
Dios llama a Abraham
Al referirse al llamamiento de Abraham, el texto bíblico señala: "Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Génesis 12:1-3).
Lo primero que descubrimos en estas breves líneas es que Abram –padre exaltado, como traduce del hebreo--, escuchaba la voz de Dios. No de otra manera hubiese tomado conciencia del llamamiento que le estaba haciendo. Es evidente que conocía al Señor. Lo adoraba.
Recordemos que Ur de los Caldeos, que era donde residía, era tradicionalmente una cultura idólatra. La próspera metrópoli fue en sus orígenes ciudad de Nimrod y escenario de la famosa construcción de la torre de Babel. Adoraban a todos los dioses babilonios entre los que sobresalía el dios-luna, conocido como Sin.
En medio del culto demoníaco a diferentes dioses, Abram no se había dejad influir por la prevalencia religiosa de maldad en la que se desenvolvía.
Renuncia y bendiciones
El versículo 1 nos relata que Dios llamó a Abram a renunciar a su tierra, a su familia y a la casa de su padre. Un verdadero reto para cualquiera. Significaba tanto como cortar con sus raíces, con su raigambre.
A cambio de su renuncia a todo lo que lo ataba con lo terrenal, Dios le prometió bendiciones. En primera instancia, hacerle una nación grande (versículo 2). Le anunció que bendeciría su casa y también, acompañamiento de tal manera que aquel que le bendijera sería bendecido, y quien le maldijera sería maldecido (versículo 3).
Obediencia y fe
¿Busca un hombre con una misión? Lo encontrará en Abraham. Se vio confrontado con la renuncia a lo más apreciado. "Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán. Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron." (versículos 4 y 5).
La actitud asumida por el siervo de Dios conjugaba dos elementos: fe y obediencia De otra manera no le hubiese resultado fácil renunciar a todo para ir en pos del llamamiento divino. Recuerde que Dios no le mostró adónde lo llevaría. Simplemente le dijo: "Sal de tu tierra...a la tierra que te mostraré...". Cada paso que diera estaba signado por la fe. Iba hacia donde el Señor le mostrara. Incluía de paso, avanzar por encima de las circunstancias.
Hay otro elemento de significación en el tránsito de Abraham: reconocía a Dios en todos sus caminos: "Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en la tierra. Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido. Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda, teniendo a Bet-el al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová." (Versículos 6 al 8).
Durante el desplazamiento de la caravana, que cubrió una distancia de 965 kilómetros, en todo momento tuvo presente a Dios. Era Él quien le acompañaba y por supuesto, quien prosperaba su camino.
¿Ha descubierto a éste hombre con una misión específica? Sin duda que sí. Ahora pregúntese: ¿Cuál es la misión que el Señor tiene para usted? Si no la ha descubierto, es hora de que esté orando para que se la revele y comience, con paso firme, a caminar en el plan de Jehová para su existencia...
Basado en los apuntes para el programa de radio "Escuela de Misiones" que se transmite a través de la radio en Santiago de Cali, en Colombia.
© Fernando Alexis Jiménez .
Sección de Heraldos de la Palabra: Estudios Bíblicos
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