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Ministerio de Evangelismo y Misiones Heraldos de la Palabra Ps. Fernando Alexis Jiménez |
"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, |
Estudio Bíblico # 040308
Las palabras golpearon fuerte en lo más sensible de su corazón. Era un mediodía precioso, estaban en el comedor y jamás pensó que un comentario acerca de entregar su vida a Jesús, despertara una reacción tan violenta de su madre. A Gregorio le pareció que el mundo se hundía bajo sus pies y la intensidad del sol perdió todo brillo y los colores quedaron impregnados de un gris que perduraría por mucho tiempo.
--Solo te hablé del Salvador, mamá. No creo que sea motivo para que me eches de casa—le dijo el joven, tratando infructuosamente de explicar la situación.
--Ya te dije: en nuestra familia, desde muchas generaciones atrás, hemos tenido una sola religión y no vamos a cambiarla ahora—expresó con dureza.
--Mamá...—musitó Gregorio pero de nuevo se encontró con la frialdad de la mujer que, señalando con el dedo hacia la puerta, le instaba a salir--: En adelante no tienes nada qué hacer en este hogar--.
Aquella noche durmió en la calle. Bajo el inmenso alerón de un restaurante de corte colonial en la parte residencial alta de la ciudad. Hacia la madrugada cayó una llovizna pertinaz que resistió con el estoicismo de un guerrero romano a las puertas de una batalla.
Los siguientes dos días, además de sortear las dificultades en el trabajo, los dedicó a buscar dónde vivir. Su familia le había vuelto la espalda. Comprendió la situación, más cuando provenía de una familia de acendrado arraigo católico.
Al principio fue duro, pero Gregorio aprendió a superar los obstáculos y hoy asiste con sano orgullo cristiano a una naciente congregación. Está sirviendo al Señor Jesús y no se arrepiente de lo ocurrido, aun cuando las persecuciones en su contra las han librado no solo sus familiares sino también los compañeros de trabajo. Pero él sigue firme, prendido de la mano del Salvador.
Cristianos perseguidos por su fe
La persecución a los cristianos por la fe que profesan no es algo nuevo. Ha existido desde siempre. Puede estar ocurriendo en su hogar, el lugar donde trabaja o el barrio que habita. La oposición crece.
Ahora bien, los ataques que recibimos—generalmente verbales—no se comparan con las tribulaciones que enfrentan creyentes en diferentes lugares del mundo. Por ejemplo en Sudán, 200 mil hombres, mujeres y niños han sido asesinados sistemáticamente desde 1983 en desarrollo de la Yijadh o guerra santa musulmana. A ésta cifra se suman 2 millones de desplazados por la persecución religiosa. Los hechos tienen ocurrencia en la región occidental de Sudán, en Danfur. Paralelamente se ha dado otro fenómeno: 2 millones de cristianos Nuba murieron en los últimos años de hambre.
Lo que estamos viviendo, en una sociedad que se precia del respeto a los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitaria amenaza con agudizarse y el centro del problema es la fe en Jesucristo. Y aunque muchos han renunciado a su fe, hay quienes se levantan victoriosos, proclamando hasta la muerte que creen en la obra de Salvación.
Firmes a pesar de la persecución
Los cristianos estamos llamados a permanecer firmes a pesar de las persecuciones y tribulaciones que salgan al paso. Los creyentes de Tesalónica, la ciudad portuaria más próspera de Macedonia en el primer siglo, son un ejemplo de la entereza con la que enfrentaron los ataques. No fue nada fácil, pero lo lograron. Ellos se convirtieron en un ejemplo para sus congéneres pero también para nosotros hoy.
Si nuestra fe está afincada en los hombres y no en Cristo Jesús, a la más mínima provocación saldremos corriendo o quizá pensaremos que la vida cristiana es lo más difícil que se pueda experimentar. -- Ver 1 Corintios 2:4-7; 2 Corintios 5:7.
Es natural que en períodos de persecución queramos huir. Es parte de la condición humana, inclinada a no tener resistencia. Dios más que nadie sabe qué situación estamos atravesando y no nos deja abandonados a nuestra suerte. "Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti" (Job 42:2)
Es probable que esté experimentando persecuciones por creer o profesar fe en el Evangelio y el amado Hijo de Dios, Jesucristo. ¿Qué hacer? ¿Renunciar? En absoluto. Recuerde siempre que en Dios tenemos la fortaleza necesaria para seguir adelante. Él es quien nos concede la victoria. Ha prometido que estará a nuestro lado, y lo hará porque Él jamás falla. Recuerde que "Dios no es hombre, para que mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?" (Números 23:19).
La inclinación natural de un cristiano perseguido o que experimenta rechazo, es renunciar o al menos perder confianza para testimoniar de Jesús en una próxima ocasión. Por ese motivo es importante que nos afirmemos en el Salvador, yendo a Él en oración para que nos de las fuerzas que requerimos para proseguir.
Es previsible que se produzcan ataques
Recuerdo la época en la que junto a un grupo de creyentes de la Alianza Cristiana y Misionera, predicábamos entre los vendedores ambulantes del centro de Santiago de Cali. Eran jornadas de mediodía los miércoles.
Orábamos y nos preparábamos para salir en procura de las almas. El problema era la reacción de muchos de quienes abordábamos. No solo rompían los folletos que les obsequiábamos sino que esgrimían sus convicciones de fe al tiempo que nos ridiculizaban.
No es nada nuevo que ocurriera. El apóstol Pedro lo advirtió cuando en su carta a los creyentes del primer siglo escribió: "En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo" (1 Pedro 1:6,7. Cf. Romanos 4:16-21; Salmos 105:17-19).
Los períodos de prueba, de ataques, de crítica en contra nuestra o de calumnia son comunes en nuestro tiempo y épocas pasadas. Y los cristianos fieles han sabido sortear la situación.
En la Biblia encontramos una hermosa promesa, y es que nuestro amantísimo Dios no nos abandonará a nuestra suerte. Leemos que "Él nunca nos dejará ni nos desamparará" (Hebreos 13.5).
Aún cuando nuestra vida misma estuviera en juego, el amado Salvador no permitirá que nada nos ocurra. Él está de nuestro lado porque es Su voluntad la que hacemos.
¿Está siendo perseguido? El consejo sincero es que doble rodilla y sigla en clamor para ser fortalecido por Dios. Una vez se levante, sin duda tendrá toda la disposición de seguir viviendo su fe y proclamando el Evangelio a cuantos lo necesitan.
Le dejo con un versículo para que medite: "Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe" (1Jn 5:4).
© Fernando Alexis Jiménez .
Sección de Heraldos de la Palabra: Estudios Bíblicos
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