Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

Estudio Bíblico # 101908

¿Con cuánta frecuencia predica?

La despedida fue cordial. Aunque a primera hora habían sostenido un altercado fuerte, después que tomó un baño y se bebió un café amargo, pareció pensarlo todo de manera diferente, con mucha más claridad. Por eso y aunque no seguía compartiendo las actitudes de su marido, se limitó a un lacónico: "Que tengas un buen día".

Y comenzó la mañana con un sol acogedor, niños jugando en el parque de enfrente, el crucigrama del periódico a medio comenzar, un programa de aeróbicos en la televisión y el ruido lejano de las bocinas de los autos en un embotellamiento vehicular.

Los minutos transcurrían lentos, con la parsimonia de una sombra que se extiende al caer la tarde junto a la playa, como si quisiera que no llegara el final. Sonó el teléfono celular. Miró el identificador. No se trataba de un número conocido. Por unos brevísimos instantes dudó si contestar o no. Finalmente respondió a la llamada con un "Aló", que no podía ocultar el disgusto.

--¿La señora Rosa María?—interrogó alguien al otro lado de la línea.

--¿Quién habla?—preguntó ella, cada vez más incómoda pero con esa amalgama de curiosidad que le hizo esperar la respuesta expectante. Al fondo se escuchaba el sonido de una sirena.

--Soy paramédico. Transportamos a quien dice ser su esposo hacia la clínica. Se encuentra muy grave--, le informaron.

--¿Qué ocurrió?—preguntó ella visiblemente inquieta. En su corazón ansiaba acortar las distancias y encontrarse junto a él.

--Hubo un accidente en la autopista. El vehículo de su marido fue arrollado por un tracto camión. Lo siento… Lo llevamos ya mismo a la siguiente dirección…--y le dieron todas las indicaciones.

Dos horas después moría su esposo. Mil pensamientos atravesaron por su mente. Se preguntaba qué hubiera ocurrido si –en una idea hipotética—volviera atrás el tiempo y tratara diferente a aquella persona a quien profesó amor y con quien compartió la vida por espacio de diez años. "¡Todo habría sido tan diferente!", meditó.

¿Evangeliza a quienes le rodean?

Pero algo aún más preocupante asaltó el corazón Arosa María: El hecho de que siendo cristiana, jamás le habló a su esposo sobre Jesús, el Salvador. Y recordó aquellas palabras del profeta: "Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel; oirás, pues, tú la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma. Si el justo se apartare de su justicia e hiciere maldad, y pusiere yo tropiezo delante de él, él morirá, porque tú no le amonestaste; en su pecado morirá, y sus justicias que había hecho no vendrán en memoria; pero su sangre demandaré de tu mano. Pero si al justo amonestares para que no peque, y no pecare, de cierto vivirá, porque fue amonestado; y tú habrás librado tu alma" (Ezequiel 3:17-21).

Todo pudo ser diferente, pero ella no tomó la determinación de compartir con su esposo las Buenas Nuevas de Salvación. La embargó la angustia. Tenía el convencimiento Escritural de que su esposo pasaría la eternidad separado de Dios, por no haber tomado a tiempo la decisión de predicarle a Cristo…

Un compromiso, antes que una opción

Compartir el Evangelio transformador de Jesucristo es un compromiso, una obligación; no es algo opcional. Así lo comprendemos cuando vamos a la Biblia y nos encontramos con la exhortación del profeta Ezequiel y que sintetizamos en cuatro puntos:

a.- Somos mensajeros; es uno de nuestros propósitos en la vida.

b.- Si conociendo el mensaje de Salvación y no lo compartimos con aquellos con quienes tenemos trato, tenemos sobre nuestros hombros la responsabilidad de haber sido negligentes si esas personas mueren sin Cristo.

c.- Si habiendo compartido el Evangelio, la persona deliberadamente no acepta el mensaje, la responsabilidad será suya no nuestra, si se pierde por la eternidad.

d.- Si evangelizamos a alguien y acepta el mensaje, habremos librado su alma de que se pierda por la eternidad.

Sobre esta base, es imperativo que no desperdiciemos oportunidad para compartir a nuestros familiares, amigos y con quienes tenemos trato eventual, la Palabra. Bajo ninguna circunstancia podemos eludir la responsabilidad.

El apóstol Pablo enfatiza en este aspecto cuando escribió a su discípulo: "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias" (2 Timoteo 4:1-3).

Todo ser humano es de tal manera valioso, que Jesucristo murió en la cruz por él, de tal manera que no podemos bajo ninguna circunstancia desconocer que jamás habremos hecho un esfuerzo suficiente para asegurar que las almas pasen la eternidad con Dios. El día que sintamos que ya hicimos lo suficiente, sin duda estaremos experimentando un retroceso.

Comparta el Evangelio de manera sencilla

Uno de los más grandes problemas es que abundamos en palabras antes que en hechos al momento de compartir nuestra fe. Olvidamos que cuanto hacemos, tiene mucho más valor. Y el segundo, que somos demasiado técnicos—si se me permite el término—cuando de Evangelizar.

El apóstol Pablo privilegió la importancia de ser muy naturales y sencillos en el momento de hablar de Jesucristo, el centro de nuestro mensaje: "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado" (1 Corintios 2:1-2).

Para concluir, recuerde siempre tres aspectos que debe guardar en su corazón y está íntimamente relacionado con las características que rodean a un testigo efectivo:

a.- El testigo efectivo no desperdicia oportunidad para evangelizar.

b.- Desea que Dios hable, sane y libere a través él.

c.- No se deja atemorizar cuando debe evangelizar, porque sabe que Dios le acompaña.

d.- No se deja intimidar del pasado porque tiene una nueva vida en Cristo que no le impide testimoniar.

Jamás olvide... en adelante, su compromiso será Evangelizar... Que no pierda un minuto sin hablarle a alguien de Jesucristo, nuestro amado Señor y Salvador.

© Fernando Alexis Jiménez – Contacto: (0572) 4421883 (0572) 4422029 y (0572) 317-4913705.
Sección de Heraldos de la Palabra: Estudios Bíblicos

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