Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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© Manual "¿Atrapado en la inmoralidad sexual? ¡Puedes ser libre!"

-  Capítulo 02 -
El adulterio: origen, evolución y consecuencias

Comenzó con un correo electrónico. Uno solo. Después de haber abierto su página personal en un servicio de la Internet. "Me pareció muy atractivo. Coincidencialmente vivimos en la misma ciudad. Quisiera que nos encontráramos, para tomarnos algo. Marién".

El joven miró el correo, pensó unos instantes y lo cerró. Definitivamente no le interesaba. Estaba casado, desde hacía dos años. Es más: tenía una hermosa bebecita. No le quería fallar, ni a Dios, ni a su esposa y menos, al ministerio que desempeñaba en la congregación, como parte del coro.

Eran apenas las ocho y cuarenta minutos de la mañana. Los empleados comenzaban a llegar a las oficinas administrativas de la compañía aérea en la que se desenvolvía. El pensamiento le asaltó de nuevo: ¿Qué tendría de malo si leía el email nuevamente? La tentación fue mayor que sus fuerzas. Al menos así lo rememoraría tiempo después. Y respondió: "Agradezco sus palabras. Soy casado. Pero insisto: le agradezco".

A partir de ese primer acercamiento, los mensajes electrónicos fueron y vinieron en una sucesión que parecía interminable, a toda hora, varias semanas, por un tiempo que le pareció excesivo. En una de las cartas la joven le remitió su fotografía. Era linda. Y se dejó atrapar por la red.

Francisco y Catalina se encontraron por primera vez un viernes en la tarde. Él salió temprano del trabajo, con un pretexto cualquiera. Ella no asistió a las dos últimas clases de la universidad. El encuentro le pareció a los dos maravilloso. No hablaron de amor, sino de trivialidades: cine, deportes, música… Quedaron en encontrarse de nuevo.

Los días se le hicieron eternos al joven. Por un lado, quería encontrase de nuevo con la estudiante, por la que no podía negar su atracción. Pero por otra parte le asaltaba la sensación de culpa. Fallarle a su cónyuge, ministrar en los cultos y de paso, arrodillarse a orar, le resultaban un motivo recurrente para que la conciencia lo torturara.

Cayeron en infidelidad y conforme pasaba el tiempo, se iban comprometiendo más. La relación de Francisco terminó en divorcio. Ya no está en el ministerio…

A Lina María sus primeras incursiones en el adulterio, tuvieron lugar cuando trabajaba en una compañía de construcción. Era secretaria. Además de bonita, eficiente. La rodeaba un hogar feliz. Su esposo, comprensivo; sus hijos, amorosos. "Un cuento de hadas", como le dijera su hermana Lucía.

Aunque su decisión contrariaba al jefe, apenas el reloj marcada las cinco de la tarde, apagaba el computador, guardaba todo y salía rumbo a casa. Era un gozo descubrir, asomándose por la ventana, los ojos curiosos de sus hijos que la esperaban con ansiedad.

Pero su historia tuvo un giro inesperado. Justo cuando estaban haciendo cierre de mes, ajustando la nómica. Le tocó trabajar hasta pasadas las ocho de la noche con un ingeniero. "No te angusties, te llevo a casa", le dijo para tranquilizarla.

En medio de balances, comprobaciones matemáticas y corroboraciones de los documentos de identidad de los empleados, no perdía oportunidad para decirle algo bonito, halagador. "Recuerde que soy casada", se defendía ella. El asedio continuó. Ella decidió aquella vez irse en taxi. Pero le seguían rondando la serie de comentarios galantes.

Al día siguiente ni siquiera cruzó mirada con él. Le rehuía. No obstante, él fue insistente. Incluso, en los días siguientes, le trajo chocolates que discretamente le colocó en el escritorio.

Y su actitud inicial de rechazo, fue cambiando casi sin darse cuenta. Cuando menos lo pensó Lina María, estaba comprometida en una cita con aquél profesional de la constructora, y después de un aperitivo, en un restaurante elegante de la ciudad, vino un toque de manos, con sutileza, que minutos después dio lugar a un beso furtivo.

Cayó en adulterio. Algo doloroso, para ella y para su esposo, cuando le descubrió unos mensajes de texto que le hizo llegar el amante al teléfono celular.

El matrimonio continuo por diez meses más antes que definitivamente se fuera a pique, como una embarcación rota en altamar. La disposición de perdón que inicialmente manifestó el cónyuge fue reemplazada posteriormente por la desconfianza y la sensación de que en cualquier momento lo traicionaría de nuevo.

Una perspectiva desde la Biblia

De acuerdo con la concepción bíblica, el adulterio es la relación sexual voluntaria entre una persona casada y otra del sexo opuesto que no es su cónyuge. Aquí es importante anotar que en criterio del pueblo israelita, fundamentados en la Ley, el matrimonio debía tener la más elevada condición moral, lo que incluía por supuesto, la relación con los hijos. En este principio de vida estaban por encima de las naciones circundantes. No en vano el guardarse del adulterio es el séptimo mandamiento divino proclamado desde el Monte Sinaí (Éxodo 20:14; Deuteronomio 5:17. Cf. Mateo 19:18; Romanos 13.9; Santiago 2:11).

Sobre esta base, en aquellos tiempos y hasta poco después de que el Señor Jesús desarrollara su ministerio terrenal, quienes incurrían en esta conducta eran penados con la lapidación, como leemos en la Palabra: "Si fuere sorprendido alguno acostado con una mujer casada con marido, ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer también; así quitarás el mal de Israel"(Deuteronomio 22:22). La situación era tan delicada que si había sospecha de adulterio, la mujer debía ser sometida a juicio (Números 5:11-31).

Aunque los cristianos no estamos sujetos a la Ley, no podemos incurrir en el adulterio. El Señor Jesús lo dejó muy claro cuando enseñó: "Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio; pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en el corazón"(Mateo 5:27, 28).

Observe que incluso el deseo, ya es adulterio delante de nuestro Dios. Este principio nos llama a tener cuidado con la "segunda mirada". ¿La conoce? Es la actitud de quien inicialmente se siente atraído por la belleza de una mujer o lo apuesto de un hombre, pero en cuestión de milésimas de segundos—invadido o invadida por la tentación o el deseo—vuelve a mirar y ya lo hace con otro propósito.

¿Es posible evitar el adulterio? A la pregunta de si es posible evitar caer en adulterio, la respuesta absolutamente que sí. Recuerde que la decisión de caer en pecado o no, tras enfrentar la tentación, es nuestra y nada más que nuestra.

En la Biblia leemos que cada quien decide si deja que tome fuerza la tentación: "Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte"(Santiago 1:13-15).

Esta Palabra es contundente porque nos hace responsables, a usted y a mi, del pecado en el que podamos incurrir.

Lo más común para quien cae en pecado de inmoralidad, es justificarse en por lo menos tres excusas: 1.- "Es culpa de la otra persona, que me tentó". 2.- "Todos lo hacen, ¿por qué entonces me cuestionan a mi?" 3.- "Realmente no pude resistir la tentación". 4.- "Fue solo un error". 5.- "¿Qué me exigen a mi? Al fin y al cabo nadie es perfecto". 6.- "El diablo me obligó a hacerlo".7.- "Me presionaron y por eso caí en pecado". 8.- "Yo no sabía que aquello era malo". 9.- "Es que Dios me estaba tentando".

Es hora de arrepentirse

El Evangelio de Juan nos presenta una escena de la que debemos tomar nota porque ilustra un caso de adulterio. Lo hallamos en el capítulo 8, desde el versículo 1 hasta el 11, en donde se nos relata la historia de una mujer que traída ante el Señor Jesús por los escribas y fariseos. ¿La razón? Había sido sorprendida teniendo una relación sexual con un hombre que no era su marido.

Frente al juzgamiento que aquellos religiosos realizaron acerca del comportamiento de aquella persona, y que tal vez es la misma actitud que asumimos muchos de nosotros desconociendo cuál es nuestra situación moral, Jesús "…se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella" (Juan 8:7).

Es importante revisar nuestra vida. Es probable que estemos acariciando el pecado del adulterio y que lo justifiquemos bajo un barniz sutil diciendo que "..en las cosas del corazón no manda nadie". O tal vez hayamos confundido los sentimientos y creamos que estamos enamorados de alguien distinto de nuestro cónyuge. ¡Mucho cuidado! Es imperativo que vayamos a la presencia de Dios en oración. Solamente Él puede fortalecernos cuando enfrentamos la tentación.

Resulta significativo que al marcharse cada uno de los acusadores, quedaron únicamente el Maestro y la mujer adúltera. "Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?¿Ninguno te condenó?. Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te contenido; vete, y no peques más" (Juan 8:10-12).

Si reconoce que está en adulterio, tenga claro que si confiesa su pecado delante del Señor, Él le perdona y ofrece una nueva oportunidad. Pero, y permítame enfatizar en ese pero, es imperativo que renuncie a ese comportamiento inmoral. Se requiere que corte de raíz esa atadura. El Hijo de Dios lo fortalecerá si se lo pide.

Si se congrega en una iglesia, vaya donde su pastor, infórmele lo ocurrido y él le guiará en el proceso de restauración. Recuerde que no está bien que siga ministrando en el altar si hay pecado de inmoralidad en su vida.

En caso de no ser una persona comprometida con una congregación, igual: arrepiéntase delante de Dios y emprenda ese proceso de cambio. En lo posible, comience a asistir al grupo de creyentes más cercano. Recuerde que solo en oración y dependiendo de Jesucristo, podemos alcanzar la victoria.

Y a usted que no ha reconocido que algo anda mal, permítame hacerle una pregunta: ¿Vale la pena arriesgar su matrimonio e incluso su futuro por una relación que sin duda es pasajera y traerá dolor a su vida y a la de sus seres queridos? ¡Renuncie hoy al adulterio! Es por su propio bien.

 ©  Fernando Alexis Jiménez.

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