Ministerio de Evangelismo y Misiones

Heraldos de la Palabra

Ps. Fernando Alexis Jiménez

 

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones,
y como posesión tuya los confines de la tierra"
Salmos 2:8

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Oración y Milagros #021505.

¿Dónde busca ayuda para superar sus crisis?

El día que su esposo la abandonó, sintió que se hundía el mundo bajo sus pies. Recuerda que fue de noche. Ya los niños estaban durmiendo. Aunque había intentado concentrarse en la lectura de una novela, los datos le resultaban confusos porque seguía preguntándose dónde estaría su cónyuge. Era evidente que no estaba trabajando, porque esa excusa de tanto repetirla, había perdido su fuerza.

Por fin sintió que llegaba el auto, abría la puerta principal y se dirigía a su habitación, en el segundo piso. Eran pasadas las doce de la noche, como comprobó al mirar el reloj. "Hola...", saludo. Ella no respondió. No quería hacerlo. ¡Tenía ganas de explotar y gritarle en la cara cuán herida se encontraba!

--¿Dónde estuviste hasta esta hora?—le preguntó molesta, aunque mil veces se había prometido así misma que no manifestaría rabia por la tardanza.

--Creo que tenemos que hablar, Elizabeth...—le respondió y la mujer intuyó, de inmediato, que algo malo ocurría.

Con palabras rebuscadas en los más estilizados diccionarios de la diplomacia, le explicó que estaba saliendo con una abogada. Esgrimió un argumento superficial: "No quise enamorarme, simplemente ocurrió. Y, para serte sincero, no quiero seguir viviendo esa situación". Luego guardó silencio. La reacción de su esposa no se hizo esperar:

--Vete de aquí inmediatamente—le gritó--. No podía creer lo que estaba oyendo. —No te importo tu familia, así es que vete...—vociferaba. Y aunque jamás supuso que ocurriría, su esposo comenzó a empacar varias prendas de ropa. Tenía deseos de implorarle que se quedara, pero el orgullo herido se lo impedía. Además, era el pretexto que esperaba para irse. Y lo hizo. Cerró la puerta de la calle con delicadeza y no lo volvió a ver. El contacto con ella y con los niños lo sostuvo a través de un abogado, contratado para adelantar las gestiones de separación.

¿A quién acudir?

En medio de su desesperación buscó ayuda donde pudo encontrarla: en dos amigas que le dieron consejos diametralmente opuestos: Una le aconsejó seguir adelante con el divorcio, la otra la recomendó ir hasta él, buscarlo en su trabajo o quizá presionarlo con teléfono; asegurar que le escuchara y pedirle perdón. Aplicar las dos opciones no resolvió el problema, al contrario lo empeoró.

Alguien más le sugirió ir donde una hechicera. "Es muy buena, te la recomiendo; hará volver a tu marido". Pero tampoco funcionó y lo que hizo fue desencadenar en su vida estados depresivos.

Una vecina le habló de Dios. Le dijo que solamente Su poder ilimitado podría ofrecerle una salida.

--¿Cómo puede ayudarme la religión en un problema marital?—le interrogó molesta,

--No es la religión, es Dios quien te ayudará—le respondió la mujer.

El asunto quedó dando vueltas en su cabeza. Y por primera vez en muchos años volvió su mirada a Dios. Leyó la Biblia. El evangelio de Marcos, para ser más exactos. Descubrió, en cada página, a un Jesús que amaba a las personas y se preocupaba por sus problemas. Deseó orar. Lo hizo con intensidad. Involucró al Señor Jesucristo en su situación...

¿Qué ocurrió con su matrimonio? Elizabeth y Jorge Mario acuden a la congregación. El hombre experimentó una desilusión terrible con su relación adúltera y llegó a sentir igual aversión por su amante que los sentimientos encontrados y de capricho que le llevaron a ella. Descubrió que solamente su matrimonio tenía valor y sentido.

Una actitud común

Los seres humanos tenemos la tendencia de buscar soluciones en todas partes, menos en Dios. Consideramos que está más allá de nuestra realidad. Es probable incluso que meditemos: "Dios anda tan ocupado que difícilmente podría atención en un problema como el mío". Y le dejamos de lado.

Esa disposición de luchar en nuestras fuerzas persiste hasta que nos cansamos de caer.

Siempre recuerdo a mi amado padre cuando me enseñaba a montar en bicicleta. Cuando aprendí a dar unos cuantos pedalazos, quise hacerlo por mi propia cuenta, aún a pesar de las recomendaciones que él me hizo. Sólo decidí dejar de intentarlo cuando llevaba sinnúmero de caídas y tenía rasguños en las rodillas y en las manos. "Papá, ayúdame a aprender", le dije.

Es probable que con usted ocurra igual. Está luchando en sus fuerzas. Y ha fracasado. Hoy es el día de volverse a Aquél que todo lo puede en procura del poder para resolver su situación...

¿A quién acudimos en los momentos difíciles?

En la antigüedad alguien, cansado de esforzarse sin resultado para soluciones sus problemas, escribió: "Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra" (Salmo 121:1, 2). Él y nadie más que Él, que creó el universo, tiene el problema para brindar soluciones oportunas y eficaces. Su poder no tiene límites.

La Palabra de Dios resalta que nuestro amado Hacedor se preocupa por sus hijos y que su inclinación natural y divina es a brindarnos protección. "No dará tu pie al resbaladero, Ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, Ni la luna de noche. Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma." (Salmo 3, 4). Es como una madre que cobija a sus pequeños con los brazos. ¡Daría su vida porque nada malo les ocurriera!

El Salmo 121 concluye con una frase apasionante que nos revela una de las preciosas características que rodean a nuestro Dios:" Jehová guardará tu salida y tu entrada Desde ahora y para siempre." (versículo 8).

Las Escrituras son específicas al enseñarnos que en los momentos difíciles, en aquellos en los que solamente un milagro marcaría la diferencia, es a Dios a quien se debe volver la mirada. Orar a Él. Pedir su ayuda.

Quizá está atravesando por momentos muy complejos. Sabe que llegó al límite de sus fuerzas y que no hay aparente salida. ¿Qué hacer? Es hora de acudir al Creador, a Aquél que todo lo puede. Él puede ayudarle. Como lo anota el texto que acabamos de leer, está presto para escuchar su clamor, sin importar la hora, el día o la circunstancia que se encuentre.

No importa cuál sea el problema, tiene solución: está en Dios. Búsquele en oración, persista, deseche toda sombra de duda. La respuesta se producirá.

Si desea que le acompañemos en intercesión, no dude en escribirnos ahora mismo...

© Fernando A. Jiménez .

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